20 años no es nada. UNESCO, patrimonio y después

Por Tomás Ezequiel Bondone (*) Especial para Sumario
jueves, 3 de diciembre de 2020 · 18:21

La efeméride que nos convoca hoy para celebrar el vigésimo aniversario de la declaratoria UNSCO como “Patrimonio de la Humanidad” al conjunto jesuítico de Córdoba, es una circunstancia de interés para proponer algunas reflexiones.

Tras la nostalgia esperanzadora que resuena en la letra de “Volver” de Alfredo Le Pera, comienzo este escrito con la idea de proponer una revisión sobre el tiempo, el recuerdo o el olvido, conceptos que se vinculan a la noción de patrimonio y museos. Surge entonces junto a esa añoranza plasmada en el tango, una nueva mirada, la que implica poner en práctica otras letras y estrategias de gestión contemporáneas. Así, entre el pasado y el presente, miramos al futuro para construir un positivo porvenir cimentado en nuestra identidad.

El patrimonio, como un concepto relativo, se construye y re-significa al compás de las transformaciones culturales o sociales, al que se le atribuyen nuevos valores todo el tiempo. Así entendemos la herencia material e inmaterial de origen jesuítico que gestionamos en Alta Gracia. Un imponente “artefacto arquitectónico” cargado de singularidades tangibles e intangibles, cuyas tradiciones se amalgaman en un intenso proceso de patrimonialización. Pero ¿qué significa o cuál es la importancia de rememorar hoy la declaratoria UNESCO, a 20 años de su pronunciación? La Estancia Jesuítica de Alta Gracia, a partir de su condición rural como eje de un importante sistema productivo iniciado en el siglo XVII, hasta su situación urbana como articulador de desarrollo en diversos ámbitos (social, económico, urbanístico) en el siglo XX; desde casco de estancia serrana a Museo Nacional, se constituye como un ámbito insoslayable de irradiación y convergencia cultural, activo en el siglo XXI. En consecuencia, la UNESCO establece que el sitio jesuítico en su conjunto ofrece un ejemplo excepcional de fusión entre la cultura europea y la americana, así como una expresión material única de la experiencia religiosa, social y económica desarrollada durante más de 150 años por la Compañía de Jesús en Sudamérica, que ilustra un período significativo de la Historia de la Humanidad. Su importancia se incrementa en el marco regional de este emprendimiento, al integrar el sistema de estancias productivas que los jesuitas crearon en Córdoba entre los siglos XVII y XVIII para sustentar su operación evangelizadora y educativa. De esta manera la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura valoró la importancia del área jesuítica cordobesa en su declaratoria del año 2000, de acuerdo a pautas y directrices prácticas. Esos criterios se expresan de la siguiente manera:

  • atestiguar un intercambio de influencias considerable, durante un periodo concreto o en un área cultural o determinada, en los ámbitos de la arquitectura o la tecnología, las artes monumentales, la planificación urbana o la creación de paisajes,
  •  constituir un ejemplo eminentemente representativo de un tipo de construcción o de conjunto arquitectónico o tecnológico, o de paisaje que ilustre uno o varios periodos significativos de la historia humana;

 

Valor y proeza 

En nuestro caso, el legado jesuítico de Alta Gracia se define por su valor de importancia y alcanza su óptima interpretación como parte del sistema productivo que la Orden creó a partir de las estancias de Colonia Caroya, Jesús María, Santa Catalina y La Candelaria. Ello para asegurar el sustento de su accionar, que se concentraba en la Universidad con sede en la llamada Manzana Jesuítica de la ciudad de Córdoba. En la actualidad el patrimonio jesuítico aporta a la comunidad altagraciense una cuota fundamental en relación a la calidad de vida de sus vecinos, a la autoestima de su comunidad y le otorga un estatuto que la distingue en relación a otras urbes argentinas. Una cualidad que va más allá de la posibilidad del disfrute material del bien y su entorno. Debe comprenderse al fin que para Alta Gracia la asignación de la UNESCO implica un valor simbólico de envergadura. También el orgullo de haber sido el lugar donde germinó la idea, el punto de partida en el año 1998 del Proyecto de Declaratoria del conjunto jesuítico. La redacción de los complejos formularios, los informes técnicos, la enunciación de principios, fueron llevados a cabo por una comisión ad-hoc presidida por la gestión altruista de Noemí Lozada de Solla. Le acompañaban un grupo entusiasta de hacedores, entre ellos Mario Borio, Mónica Gorgas, Jaime García Vieyra o Norberto Roma.  Pero no todo concluye aquí, con el propósito de rememoran aquella proeza inicial, es necesario volver sobre nuestros propios pasos, revisar acciones y preguntarnos ¿cómo se gestionó el sitio en estos años, qué falta, sobre qué habría que avanzar?

Volver

El paso del tiempo nos hace sentir que es un soplo la vida y no debemos aferrarnos a un dulce recuerdo. Estos 20 años, que no es nada y a la vez es mucho, nos sirven para repensar las estrategias que se pusieron en juego y advertir que la complejidad del conjunto jesuítico demanda un trabajo puntual y sostenido. Queda pendiente aún una mayor sinergia entre las jurisdicciones de las cuales dependen cada uno de los componentes del sitio y la elaboración de un plan de gestión integral es aún una asignatura pendiente. Se visualizaron ya algunas acciones concretas como actividades del grupo de trabajadores o investigaciones académicas, pero considero que nos debemos un trabajo conjunto basado fundamentalmente en nuevos paradigmas de gestión. El gran desafío pendiente es avanzar en la construcción de conceptos renovados de patrimonios y museos, y en ello la inclusión de diferentes colectivos sociales es un vector fundamental. La profesionalización paulatina en los equipos técnicos de trabajo en varias de las unidades, como así también en los Museo Nacionales, es un incentivo para continuar con la difícil y apasionante tarea.

Olvido e ilusión

“Y aunque el olvido, que todo lo destruye, haya matado mi vieja ilusión, guardo escondida una esperanza humilde que es toda la fortuna de mi corazón” Así concluye la letra del tango de Le Pera y la cita nos conecta con aquella gran ilusión inicial, diluida en parte por el paso del tempo y otras cuestiones mundanas. La ilusión que significó aquella declaratoria hace 20 años hoy debemos resignficarla.  Así el tango (declarado por la UNESCO como patrimonio inmaterial de la humanidad en el año 2009), entendido como un símbolo y un canalizador de la diversidad y del diálogo cultural, funciona en este caso como una metáfora potente para asociar y entender posibles significados de nuestro patrimonio. Mezcla, amalgama o fusión productiva de elementos africanos, europeos, indígenas y criollos, aquí y allá. Con esperanza y tenacidad nos proponemos conducir el trabajo durante el nuevo mileño, contribuyendo desde nuestro humilde lugar en la construcción de un mundo sin desigualdad.

(*) Prof. de Historia del Arte / Museólogo / Magíster en gestión del Patrimonio Cultural material. Director del Museo Nacional Estancia Jesuítica de Alta Gracia y Casa del Virrey Liniers desde enero de 2019.

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