Debate sobre el aborto

No es progresista resolver problemas eliminando una vida humana

*Por Daniel Villar
lunes, 16 de noviembre de 2020 · 15:11

El aborto, como “interrupción intencional del embarazo” plantea dilemas relacionados con la vida y con la muerte: decide sobre el futuro vital de un ser humano.

La dignidad de quienes sustentan posturas pro vida y pro aborto, merecen el mismo respeto, por eso, las ideas y creencias filosóficas y religiosas de quien procede y de quien califica, es necesario que, el núcleo del aborto, su médula, excede la despenalización, merece más precisiones.

Actualmente, el Código Penal Argentino lo incluye en “Delitos contra la vida” (Título I, Capítulo I, artículos 85, 86,87 y 88). Según la hermenéutica que se aplique, abortar puede argumentarse como decisión autónoma de la mujer o como homicidio de diverso grado. Hay quienes sustentan, que la penalización del aborto inducido representa, además, un irrespeto a la diversidad de concepciones, visiones y opiniones que coexisten en una sociedad, impone los criterios de conciencia de un sector sobre el resto que no los comparte, y fomenta la intolerancia y el fanatismo.

De igual modo consideran que, la penalización del aborto inducido viola derechos fundamentales de las mujeres, como el derecho a la salud, a la autodeterminación, y el derecho a una maternidad libre y voluntaria. En definitiva,  aseguran que, la penalización de la interrupción voluntaria del embarazo y la negación del derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo muestra cómo, en algunos países, grupos poderosos son capaces de imponerle al resto sus concepciones morales, incluso utilizando la fuerza de ley, lo que se convierte en un obstáculo para la aspiración y demanda creciente de construir una sociedad que respete la diversidad que de hecho existe y que fomente la tolerancia como un valor fundamental de la convivencia humana. 

Por otro lado, el Papa Francisco, abiertamente sostiene que, si se pisotea el derecho del más débil, se aplica la ley del poderoso de turno.  En Evangelii gaudium, el texto programático de su pontificado, recordó que “en la acción de la Iglesia hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha” (EG, 195). Afirmando que, “Entre esos débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo. Frecuentemente, para ridiculizar alegremente la defensa que la Iglesia hace de sus vidas, se procura presentar su postura como algo ideológico, oscurantista y conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades. Si esta convicción cae, no quedan fundamentos sólidos y permanentes para defender los derechos humanos, que siempre estarían sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno” (EG, 213).

El Papa, también ha sostenido que hay razonamientos contradictorios por parte de quienes apoyan el aborto. En Laudato si’, afirma con fuerza que no es compatible “la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto” (120); y en la audiencia general del 10 de octubre de 2018 define una contradicción suprimir la vida humana en el seno materno “en nombre de la salvaguardia de otros derechos”:´ “Pero, ¿cómo puede ser terapéutico, civilizado, o simplemente humano un acto que suprime la vida inocente e indefensa en su florecimiento? Yo os pregunto: ¿Es justo «quitar de en medio» una vida humana para resolver un problema? ¿Es justo contratar a un sicario para resolver un problema? No se puede, no es justo «quitar de en medio» a un ser humano, aunque sea pequeño, para resolver un problema. Es como contratar a un sicario para resolver un problema”.

Ahora, a momentos del tratamiento del proyecto despenalización del aborto, por parte de los que se hacen llamar “representantes del Pueblo” la pregunta es, como se puede superar esta controversia, de que “el aborto no es un problema teológico: es un problema humano”

En lo personal, sencillamente considero valida, una perspectiva mediante una visión antropológica, “fundada en la mera realidad del hombre, tal como se ve, se vive, se comprende a sí mismo”,

En nuestro pensamiento sobre lo que resulta esencial, existe una manifiesta distinción elemental, libre de cualquier peso ideológico: no es lo mismo una cosa que una persona, el ser humano distingue, entre qué y quién; entre algo y alguien; entre nada y nadie.

Precisamente, con esta distinción, podemos afirmar que, el hijo no es una cosa de sus padres, no es un qué, sino es un quién, alguien al que se le puede nombrar, decirle tú. Alguien que, pasando el tiempo, podrá decir de sí mismo “yo”. Y al decir “yo” se contrapone al universo de las cosas, incluso, al propio creador, si se quiere pensar en Él.

Está claro que, desde el momento de su concepción, el feto no “pertenece a la madre”; está “encajado” en el vientre de la madre, por lo que, mediante el uso, de la lengua normal y cotidiana, de las personas, generalmente, una mujer nunca dirá: “mi cuerpo está embarazado”, sino “estoy (yo, personalmente) embarazada”. Y lo que dice la mujer es “voy a tener un niño” y no “tengo un tumor”.

Consecuentemente y sin pretensiones religiosas, solo de manera recatada, debemos acudir a la experiencia cotidiana, nosotros mismos, vamos a constatar que, el niño, aún no nacido, es una realidad viviente.

Como dice un filósofo español ¿Que no está acabada? Bueno, tampoco ninguno de nosotros lo estamos, aunque tengamos la edad que sea. El pequeño que vive ya en el seno de la madre es algo que será. Como nosotros mismos.

Por lo que meridianamente sostengo que, siempre utilizando nuestro lenguaje, la interrupción de esa vida personal, legalizada o no, es por medio claro de “interrupción de la respiración”, entonces cuando se aborta o se ahorca a alguien, “no se interrumpe el embarazo o la respiración, en ambos casos se mata a alguien” (aunque la mayor parte de las veces se enmascara como una

especie de muerte “necesaria”: para mejorar la raza, decían los nazis, para evitar la sobrepoblación, para evitarle el sufrimiento… Y con esos fines se encubre la realidad. Sobre todo, “porque esos fines no son el aborto.”

No menos importante resulta, por el individualismo, que se pretende impetrar, la paternidad, está totalmente excluida, en esta discusión, pero que manifiestamente, se consigue “la negación del carácter personal del hombre” y, por ende, al eliminar el padre, este también desaparece en la controversia del aborto.

Concretamente, la cuestión transcurre en que, a la madre se le considera como alguien que sufre en ella el crecimiento de un intruso…, en fin, se elimina el quién para dejar paso al qué.

 En las condiciones actuales, por donde pasa esta controversia, no es un asunto, sujeto a supuestas reformas o «modernizaciones», toda vez que, “no es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana” por todo ello, ajustadamente hago mía la frase que, “Tan pronto como aparece toda la producción elevada para justificar el aborto, esta se desploma como una monstruosidad.”

*Asesor letrado de la Municipalidad de Alta Gracia

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