LECTURAS.

La Mosca

Por Paula Franicevich
domingo, 5 de septiembre de 2021 · 00:02

I heard a Fly buzz - when I died

 E. Dickinson

 

Se percibe primero con el oído y después con el tacto. El ingreso en el campo de conocimiento de su víctima es diminuto como el propio cuerpo. Sin embargo, la presencia lejana y abismal de tan pequeña aparición adquiere pronto una fuerza atronadora.

Es domingo y afuera hace algo de frío.

El gato echado al costado rota la oreja hacia la esquina donde el zumbido asciende y se esparce en ondas errantes, parecido a las formas indecisas que dibuja el humo que emana de los labios y ahora mira en suspensión. La elevación es tan parsimoniosa que se asemeja a la quietud, pero el ruido que persiste la devuelve al mundo. Inhala mientras mira con ojos insomnes y la boca, ligeramente abierta, da lugar al hilo fino del resto gris. De nuevo las líneas se revuelven antes de que la respiración se aquiete, se inmovilice en un cuerpo también entumecido por la noche.

Úrsula se levanta temprano. Se lava los dientes, se mira en el espejo y encuentra su imagen. Contempla el reflejo sin curiosidad, con fijeza indiferente. Cierta molestia, un picor en el oído, el resto auditivo del mundo urbano. Escupe la espuma blanca y celeste, toma agua y se viste sin peinarse, pero se mira otra vez antes de salir para llegar y saludar con un dejo de desprecio.

Se aburre Úrsula del operador de al lado y toma asiento frente al teléfono, cuya superficie se ha desgastado con el tiempo, se han tornado deficientes los símbolos para la comprensión de quien ejecuta las prácticas. La salita, con una ventana pequeña encima de la cabeza y a espaldas de Úrsula, tiene cielo y nada más. El cielo se repite celeste, blanco o gris, como el escupitajo de dentífrico de todas las mañanas, y el tono punzante vibra y se perpetúa en el oído hasta después de la finalización del turno.

Alimentamos la existencia propia con la basura que producen en masa las máquinas trabajantes de la cafetería que instalaron en la esquina, pero esto no pretende ser un archivo nostálgico, sino una historia sobre Úrsula, que ahora está sentada en la bicicleta fija del Centro de Salud y Fitness donde asiste a clases de spinning tres veces por semana previo a llegar al nido empapada de sudor frío, donde la heladera vibra tzzzzz y una canilla gotea poc, poc, y Úrsula mira, antes de acostarse, la oreja del gato tornar hacia la esquina.

El miércoles Úrsula tiene dolor de cabeza y es normal. Después de la salita pasa por el médico que le prescribirá algún analgésico y reposo. Él mira el pequeño recuadro de papel cuando le habla y Úrsula fija la vista en la calvicie brillosa.

El jueves debe quedarse en casa. No se apura en levantarse. Está de lado y los brazos cuelgan al costado de la cama siguiendo las líneas de las sábanas que se chorrean en el piso. El gato maúlla en la cocina. Ella se sienta con algo de esfuerzo.

Esta mañana el aturdimiento golpea seco en la cabeza. Úrsula mira las hebras de humo elevarse y desvanecerse cerca del techo siente el olor a basural. El gato maúlla y el zumbido se siente punzante ahora. Al ponerse de pie siente el mareo y piensa en olas grises mientras mira el suelo y se agarra la cabeza, y trenza dedos y cabellos, y dobla las piernas, y toma conciencia del peso de su cuerpo y de la cabeza, y curva la espina dorsal antes de adelantar un brazo, pues siente que pierde el equilibrio al acercar el tronco a las rodillas, y abre la mano derecha estirando los dedos cuando el abdomen se contrae y la cabeza se acerca al suelo, pesada, pero no se cae, y rápidamente se yergue, y da un paso tembloroso, y camina entre la basura hasta la cocina para alimentar al gato. Lo observa abalanzarse sobre el plato, voraz, y escucha el zumbido de la heladera, el goteo de la canilla y se pregunta cuál será el sonido de las corrientes eléctricas cuando las neuronas chocan.

A las cuatro de la mañana del viernes, abre los ojos. Afuera está nublado y Úrsula extiende un brazo para ver su mano como si fuera la de alguien más, y mira los dedos entre la neblina, pero desenfoca y la mirada cae sobre la mesa de luz. Prende entonces la lamparita, y antes de atinar a lanzar el manotazo al vaso, se percata de la presencia del insecto. El agua burbujea sobre la mesita y los dedos claros de la mañana, como garras, empiezan a avanzar lento sobre las superficies y se filtran, como a través de un prisma, entre las nubosidades de la habitación.

El sábado no se levanta. Un bloque invisible presiona el cuerpo contra el colchón y los músculos están entumecidos. Mira la mosca revolotear entre las nubes y se figura el humo en ascenso. A veces la mosca desaparece entre la borrosidad. El gato maúlla al lado de la cama con los ojos amarillos desorbitados. Tarda en encuadrar la escena. El alarido corta la bruma y la obliga a apretar los ojos, pero los abre. Es difícil diferenciar el chirrido del otro zumbido, difícil asociar los sonidos -cada vez más agudos- con alguna imagen o secuencia que devuelva la conciencia al orden de lo conocido.

El gato trepa sobre el cuerpo de Úrsula rasgando el espesor de la niebla con las uñas y se echa sobre el estómago con la cabeza apoyada en el pecho, y ahora la imagen es la de aquellos tiempos en los que nos tirábamos bajo el sol sobre la piedra grande que partía las aguas del río y mirábamos la corriente, ávida de volver sobre a sí misma, en el otro extremo; y cerrábamos los ojos para dejarnos manosear por el calor rojo de los veranos cordobeses, húmedos de sudor, vueltos estremecimiento cutáneo ante el soplo de un viento suave, y es cuando mira el celeste que siente al insecto revolotear cerca de la oreja.

La última vez que la vio con ojos nuevos entendió que siempre había estado ahí, al costado. Ahora gira el cuello, cada tanto, para reencontrarse con la mirada abismal de la mosca.

El domingo no es domingo en la conciencia. Abre los ojos en algún punto del tiempo, ya fuera del espacio. Entre los aires de delirio, enfoca a la pequeña bestia y mira absorta la propia imagen repetida un millón de veces en sus ojos. La mosca ahora frota sus extremidades delanteras ante los ojos vacíos de Úrsula y la mirada pareciera intensificarse, pero Úrsula no muestra señales de sorpresa u horror. El insecto todavía permanece inconmovible y expectante cuando ella se desploma.

El cuello de Úrsula suelta, finalmente, el peso de la cabeza y un cosquilleo tintineante empieza a recorrer el largo camino del canal auditivo, como en procesión, hasta dispersarse en forma de nube, negra esta vez. Entonces el ruido invade el espacio, y lo negro desplaza el blanco, y lo etéreo se consolida en tumulto zumbante, e invade el espacio entero con su aleteo infinito ante la mirada perdida de Úrsula, que ya no siente el peso del cráneo, y el maullido frenético del gato que permanecía agazapado, y ahora salta intentando hincar las garras en la materialidad móvil del enjambre de moscas.

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