EDICIÓN IMPRESA

La artista que muestra lo invisible

Desde hace casi una década, trabaja visibilizando la realidad de los esclavos en la Estancia Jesuítica.
domingo, 24 de noviembre de 2019 · 10:00

Por Julia Conalbi

De nuestra redacción

 

Hay ausencias que solo se explican por una clara voluntad de olvido. Se trata de elementos ocultos que por diferentes intereses no salieron a la luz. Sin embargo, las hendijas siempre existen. Por ellas, la luz se filtra primero como un haz diminuto hasta que aquellos resquicios se transforman en ventanas que alumbran. La magia no existe. Las pequeñas rajaduras no se convierten en grandes espacios luminosos por casualidad. Siempre hay alguien que los encuentra, los ve y comienza a hurgar en ellos. 
“Me levanto cada mañana en una casa construida por esclavos” dijo en 2008 Michelle Obama y las palabras de la primera dama estadounidense generaron revuelo en los medios de comunicación del país. Cuando los periodistas comenzaron a investigar sobre la construcción de la Casa Blanca, doscientos años atrás, encontraron los documentos firmados solamente con nombre de pila, lo que indicaba que las declaraciones de la mujer eran ciertas. Innumerables construcciones y edificios que son admirados por millones de personas en todo el mundo esconden la realidad del trabajo esclavo y Alta Gracia no es ajena a esa realidad.


La Estancia Jesuítica que le dio origen a la ciudad también se nutrió de la esclavitud, el dolor y la explotación de africanos traídos contra su voluntad y obligados a realizar los trabajos más forzosos. Personas a quienes les quitaron su humanidad y las convirtieron en una mercancía. Cuerpos y pieles marcados con las “especificaciones técnicas”: edad, si era mujer se indicaba si tenía hijos, la existencia o no de limitaciones físicas y todo otro dato que pudiera llevar a ponerle un precio. Junto a eso, se indicaba el valor. Entonces, el producto ya estaba listo para ser comercializado. Parecería una macabra metáfora, pero es la historia.


En Alta Gracia, el esfuerzo por visibilizar y revalorizar la existencia y el trabajo de los esclavos en la estancia tiene nombres de mujer: Jeanette C de La Cerda Donoso de Moreschi, Nilda Moreschi, Noemí Lozada Solla, Mónica Gorgas e Hilda Zagaglia. A su tiempo y a su modo, cada una de ellas comenzó a hurgar en las hendijas hasta hacer agujeros por los que la luz empezó a mostrar otra realidad. El trabajo comenzó de la mano de Jeannette, quien reveló la presencia de los esclavos en la Estancia en un libro. Posteriormente, Nilda decidió tomar como objeto la música y a partir de allí trabajar el tema de la esclavitud. En aquel entonces, Noemí Lozada de Solla, última propietaria de la Estancia y quien impulsó la expropiación y puesta en valor de lo que ahora es el museo más antiguo de la ciudad, era la directora de la institución y promovió las actividades planteadas por Moreschi. Posteriormente, fue sucedida por Mónica Gorgas quien tomó el decreto de la Unesco que planteaba trabajar sobre el tema de la ruta del esclavo y contactó a Hilda Zagaglia para abordar el tema. A principios del año 2010, la propuesta de la artista altagraciense fue utilizar algo que traspasara y tocara profundamente a quienes participaran de su muestra, un elemento que los atravesara y que al terminar la performance no fueran los mismos que antes. Entonces, escogió como elemento el cuerpo y como protagonistas a los trabajadores del museo.


“A esos muros, los habían levantado los esclavos. Cuando ves que los Jesuitas tomaban 30 indios anuales en las temporadas de alto trabajo, te preguntás: ¿quién levantó esto? Hay que hacer un honor. A la gente, a quienes quedaron, los que se mezclaron y aquellos que siguen estando entre nosotros. Es la tercera raíz de la que somos parte y de quienes hemos heredado palabras, música, comida, costumbres” señala Hilda Zagaglia a Sumario, el diario de los viernes. La semana pasada, la artista realizó dos actividades para visibilizar el trabajo de los esclavos en la Estancia y también para abordar las reminiscencias de esas personas que están presentes en la sociedad. El personal del museo debía colocarse en el lugar en el que imaginaban a los esclavos trabajando y a partir de eso, la artista moldeó figuras humanas de tamaño real. “Si vos ponés el cuerpo, hacés presente una experiencia. Más aún cuando estás trabajando con una temática como esta. Y lo hice usando vendas de sello, que sirve para sanar, pero también te inmoviliza. El mismo olor del yeso produce una sensación de sanación en el sujeto que pone parte de su cuerpo. Es como un acto ritual de sanación de memoria. Pero a la vez, el yeso te hace doler al sacarlo porque te arranca los vellos. Todas esas sensaciones se van uniendo y producen algo en el cuerpo. Ya no sos el mismo” sentencia Zagaglia.

¿Por qué los esclavos?
El tema del trabajo de Zagaglia con la esclavitud no es azaroso. Para ella, la recuperación de la memoria es un tema central que además tiene estrecha vinculación con todos los elementos de la vida cotidiana. La historia, los modos de producción y de relaciones tienden a repetirse si no se realiza una toma de conciencia sobre ellos. De algún modo invisible, esos elementos están impregnados en la identidad colectiva. Y si no se pueden ver, tampoco existe la posibilidad de criticarlos y descartarlos. “Esa memoria de los cuerpos doblegados pasa la cultura. Ahí se explica por qué tenemos NN y desaparecidos y el uso y la apropiación de esos cuerpos que se realizó. Eso viene de antiguas costumbres que hay que sanar, curar, sacar a la luz, porque si no, no nos damos cuenta por qué tenemos esa violencia adentro. Está presente en el poder, en el machismo, en el exilio, en los pueblos bombardeados, en los grupos humanos que en la actualidad están encerrados en un gueto. Tenemos que conocer de dónde viene esta brutalidad primitiva del dominio de los cuerpos sobre los otros. Porque si no, ¿para qué existen los derechos humanos y la democracia?” se pregunta y reflexiona Zagaglia. Pero, para esta artista, además, la recuperación de la memoria implica transmitir al conjunto de la sociedad una responsabilidad. Es imposible esconder lo que no se conoce, pero una vez que los sujetos están al tanto de lo ocurrido, el abordaje que se le dé a la historia es una decisión voluntaria y ética. “La memoria funciona, pero también decide el ser humano olvidarse de algunos aspectos. Es una decisión del individuo y de la sociedad. Así ocurre cuando está inscripta la memoria. Pero si se desconoce la situación, no podemos hablar de un olvido voluntario. Por eso primero tenemos que dar a conocer. Se trabaja con lo presente y lo ausente. Si a lo que parece ausente lo traemos, lo convertimos en algo presente” indica la artista.


Mostrar lo que no se ve
María Remedios del Valle era una mujer negra que participó activamente en las guerras por la independencia argentina. Formaba parte las “Las Niñas de Ayohúma”, un grupo de mujeres que acompañaba al ejército y colaboraba en diversas tareas, pero además fue la única mujer a quien el general Manuel Belgrano le permitía permanecer en el campo de batalla. Eso le valió el epíteto de “Madre de la patria” y la fecha de su muerte, el 8 de noviembre, fue declarada como el Día Nacional de los Afroargentinos. Ese fue el día elegido por Zagaglia para realizar un recorrido por el circuito productivo de la estancia junto a estudiantes y artistas. Los puntos de encuentro fueron la Plaza Solares, el tajamar, el molino jesuítico, el obraje y la estancia.
Durante casi una década, Zagaglia recogió experiencias, aportes y emociones de los distintos públicos presentes en sus actividades y eso la llevó a enriquecer cada vez más su trabajo. “Uno trabaja con un patrimonio prácticamente invisible o intangible como es el tema de las acequias. El agua pasa debajo de todo el circuito urbano de Alta Gracia y no tenemos noción de eso. Está olvidado o está desconocido porque tenemos que tener en cuenta que Alta Gracia ha crecido mucho y la gente que vivía aquí no es la misma. Los viejos van desapareciendo y son los que sabían todas esas historias. Hay mucha gente nueva a la que es necesario informarla. Es necesario armar la memoria de nuevo”, afirma la mujer.


Las acequias tienen un doble sentido para esta artista. Por un lado, al igual que lo que sucede con la historia de los negros en la Estancia, es revelar algo que estaba oculto. Las acequias están cubiertas y la mayoría de los habitantes de la ciudad transita por ellas sin percatarse. Pero además, estas construcciones explican gran parte del desarrollo que le dio origen a Alta Gracia. 
“El primer centro productor fue realizado por los aborígenes, después el periodo de la conquista trae una gran obra de ingeniería hidráulica. Esta viene de la época de los romanos y de los árabes. Nosotros como ciudad tenemos este patrimonio exquisito intacto, que hay que declararlo de interés municipal, provincial para que sea también Patrimonio de la Humanidad de la Unesco y que sea incorporado al circuito de las estancias. Si vos observás la capacidad de traer el agua desde allá abajo hasta acá arriba a la zona del Tajamar, es increíble la obra de ingeniería y también lo es que todavía la tengamos como intacta” remarca Zagaglia.

Revelar a partir del dolor
En muchas ocasiones, las heridas y el dolor constituyen un primer impulso para modificar algo, para revelarse, para cambiar una situación. El sufrimiento es la principal materia prima de Zagaglia en su trabajo sobre la esclavitud: los cuerpos, la violencia, la mercantilización del ser humano. Telas de sábanas y manteles viejos se convierten en portadores de mensajes. Elementos que fueron testigo de diversas situaciones, que fueron sostén para el alimento y el descanso, son portadores de lo oculto: los nombres de los últimos esclavos rematados por la Junta de Temporalidades. Un antiguo algarrobo en el patio del museo es el escenario elegido para una intervención artística sobre la Memoria Afro en la Estancia que se llevó a cabo el pasado 15 de diciembre. De aquel árbol, se colgó la tela con las identidades de los esclavos: un largo lienzo vertical con inscripciones en forma horizontal, para obligar al espectador a girar la cabeza, a participar, a descubrir.


“Creo que hay que sacar al espectador del espacio cómodo. Si él ve que descubre algo y encuentra qué ha descubierto es más fácil. Es un participante activo que se descubre a sí mismo” explica Zagaglia a la vez que recuerda una situación ocurrida el lunes, antes de las actividades. “Cuando estábamos armando el recorrido, el naranjita que está frente de la iglesia, cuidando, se acercó a preguntar de qué se trataba lo que estábamos haciendo y pudo conocerlo. Eso es lo que tenemos que trabajar, no solamente en las escuelas, con los políticos y con los intelectuales. Lo tenemos que saber todos porque es un derecho y va relacionado también con la ética. ¿Por qué no querés recordar? ¿Qué es lo que no querés recordar o hacerle recordar a la gente? Esto relaciona el arte con la vida. Se trata de arte compartido, con la comunidad, con la comunicación, con los espacios institucionales, dentro y fuera de ellos. Alguien va caminando porque va a hacer un trámite al banco y se encuentra con que descubre un montón de cosas. De eso se trata”.

Diez años después
A casi diez años de haber comenzado el recorrido de memoria, Hilda Zagaglia mira hacia atrás, sonríe y vuelve sus ojos hacia el futuro. La satisfacción proviene de lo que considera un logro, un cambio que ya se ha realizado en la sociedad en cuanto a la visibilización de los esclavos en la Estancia. Pero el trabajo no ha terminado, queda mucho pendiente y ella lo tiene claro.
Sin embargo, algunos dedos se han colado por la hendidura, algunos espacios nuevos se abrieron y el haz de luz cada vez es más grande.

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