La guerra por la basura.

Entre Oslo y Manshiyat Naser

Por Stefanía Tomalino.
martes, 9 de noviembre de 2021 · 12:27

Fueron millones. Con pancartas, carteles y cánticos una multitud de jóvenes de todo el mundo salió a tomar las calles el viernes 24 de septiembre para pedir a las autoridades acciones urgentes para frenar el cambio climático. “No hay planeta B”, repitieron jóvenes de todo el mundo en la "huelga mundial contra el cambio climático" que tuvo como objetivo presionar a los gobiernos en vísperas de la 26ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que se celebrará en Glasgow, Escocia, del 1 al 12 de noviembre. Más de 1.500 ciudades del todo el mundo emprendieron acciones y se movilizaron en este contexto, convirtiendo así el fenómeno en la principal movilización a nivel mundial durante la pandemia del Covid-19.
Desmontes, incendios y mala gestión de los residuos sólidos urbanos, son fenómenos frecuentes en esta parte del hemisferio, pero son múltiples los factores que atentan contra el cambio climático y el Acuerdo de París [1]. Casi seis años después de la firma de ese compromiso por reducir las emisiones de carbono para limitar por debajo de 1,5ºC el aumento de la temperatura global   a fines de siglo, los cumplimientos de los Estados siguen estando muy por debajo de esos objetivos.
Según los expertos de la ONU, el objetivo está completamente fuera de alcance, ya que con la actual actividad industrial y sus proyecciones, las emisiones de carbono serán un 16 por ciento más altas en 2030 que en 2010, mientras que los científicos creen que estas tendrían que disminuir un 45 por ciento para evitar los efectos más catastróficos del cambio climático.

 

De responsabilidad, conciencia y negocios

El mundo está ahogado en desechos que afectan la salud pública y amenaza la biodiversidad. Un informe de la organización Verisk Maplecroft [2] asegura que a escala global, se producen más de 2.100 millones de toneladas de desechos cada año. La aterradora cantidad de residuos no sólo se procesa incorrectamente: como dato a tener en cuenta vale recordar que en 2019 fueron 931 millones las toneladas de alimentos desperdiciados. Esto equivale al 17% de la producción total de alimentos en el mundo fue a parar a la basura. Graficándolo, serían 23 millones de camiones de 40 toneladas completamente cargados de alimentos, que puestos en fila darían siete vueltas a la Tierra.
Europa Occidental y Norteamérica se llevan el premio de mayores generadores de residuos urbanos. Pero de cerca le siguen países como Kuwait y muchos del Caribe (Antigua y Barbuda, Barbados), Sri Lanka o Nueva Zelanda. Las ciudades de países emergentes van escalando puestos rápidamente y además tienen auténticos problemas para gestionar sus residuos. Ahí están los vertederos de Laogang en Shanghái, China, Deonar, en Mumbai, India o Apex Regional, en Las Vegas, Estados Unidos, los que compiten por ser los más grandes del mundo, con más de 10.000 toneladas de residuos recibidas cada día. En el lado contrario de la balanza, Ghana, Nepal, Uruguay, Mozambique e Irán son los países que menos basura producen. La llegada del tan ansiado desarrollo, también trae consigo una montaña creciente de de-sechos. El problema es real, global y progresivo, y las soluciones deberían seguir el mismo camino.
Con el paso de los años, fueron cerrando numerosos basurales a cielo abierto que antaño ocupaban los primeros lugares del podio mundial como Jardim Gramacho en Río de Janeiro o Bordo Poniente en México DF. Lo ideal sería producir menos basura, aunque las sociedades están muy lejos de lograrlo.

 

Fuente de ingresos

En el capitalismo, cada solución a un problema va de la mano de un negocio. Gestionar, clasificar y reciclar son las palabras mágicas para este que, realizado en las condiciones adecuadas, llegaría a tener muchos interesados. En primer lugar por razones medioambientales y de sostenibilidad de un planeta amenazado desde demasiados frentes; también como una oportunidad de avance en un sector generador de empleo que exige investigación y desarrollo para conseguir soluciones cada vez más eficientes y verdes ante la generación de basura, y también como forma de evitar castigar en exceso a la naturaleza extrayendo de sus entrañas materias primas que se pueden recuperar de los productos ya consumidos y desechados. Los desechos son un recurso y enterrarlos en vertederos resulta despreciarlos de forma incomprensible.
Gestionar correctamente los residuos supondría un ahorro para los países comunitarios de 72.000 millones de euros, la creación de más de 400 mil puestos de trabajo y un aumento del negocio anual del sector de 42.000 millones de euros, según datos de la Comisión Europea (CE) que recoge un informe de la asociación ecologista Amigos de la Tierra. Si se cumpliera la estrategia de la CE, se ayudaría a crear 2,4 millones de empleos y un volumen de negocio de 187.000 millones de euros.
Una de las “buenas noticias” es que ya hay muchísimas empresas e inclusive gobiernos en diversos países del mundo que ven en lo que otros tiran una mina de oro particular: materia prima, sin valor agregado, que todos quieren quitarse de encima.

 

Noruega importa basura

Uno de los casos emblemáticos es No-ruega, que encontró una solución innovadora para el problema de sus desechos que, además de mitigar el impacto sobre el planeta, genera energía útil y produce ganancias. El gobierno realizó una inversión millonaria en varias plantas de recuperación de energía, que son inmensas moles de concreto, en donde miles de toneladas de basura son amontonadas y transportadas hacia vertederos. Allí se hace una preselección para recuperar todo lo reciclable. Luego, tonelada por tonelada, los residuos caen en un incinerador a 850 grados celsius. En ese momento, estos residuos cobran utilidad, porque se convierten en combustible más barato que los combustibles fósiles. Así, en Noruega, logran menos desperdicios y obviamente, menor contaminación.
La combustión y el calor que genera el incinerador de desechos hierven el agua en enormes contenedores. El vapor resultante impulsa una turbina que produce electricidad, almacenable y transportable. El agua hirviendo se canaliza hacia casas y escuelas públicas de Oslo. Así, este sistema provee calor y electricidad a todas las escuelas y más de 56.000 hogares de la capital. Cabe recordar que Noruega es un país nórdico y en consecuencia, con muy bajas temperaturas.
Ha sido tan efectivo este proceso, que ahora Noruega importa miles de toneladas de basura de Leeds y Bristol, en Reino Unido. Y acá es donde la cuestión “cierra por todos lados”: estas ciudades ya no pagan para que su basura sea llevada a los rellenos sanitarios, sino que le pagan a Oslo para que se ocupe de ellos. Es decir, que Oslo recibe dinero por recibir la basura y además genera energía a partir de ella. Y es que cuatro toneladas de residuos producen la misma energía que una tonelada de combustible. Es tal el alcance, que incluso una flota de buses de Oslo es alimentada por biogás creado a partir de la materia orgánica en descomposición de la ciudad. Un kilogramo de residuos orgánicos puede producir medio kilogramo de combustible.
Con esto, Noruega transforma en energía limpia las 300 mil toneladas anuales de basura que no pueden ser recicladas y que, ahora, ya no van a parar a los rellenos sanitarios. Así, el país nórdico logró un mejor nivel de autosuficiencia energética. Además, gracias a sus estrictos controles de gases por la combustión, logró reducir a la mitad las emisiones de carbono.
Esta es, sin duda, una solución innovadora y amigable con el medio ambiente, que debería ser replicada en todo el mundo, adaptándose, por supuesto, a las necesidades energéticas de cada ciudad. Con ella, y eso sería un gran logro, se daría un nuevo uso a los residuos, generando dinero y no basura.

 

Los aburridos cobran

Otro caso -no tan sofisticado- es el de Suiza. Durante la década de 1980, el país se enfrentó a un desastre ecológico: todos los ríos y lagos estaban contaminados con nitratos y fosfatos, la tierra fue expuesta a metales pesados, y la gente generaba una enorme cantidad de basura mensualmente. Los suizos advirtieron que el problema demandaba medidas urgentes. La clasificación de la basura en diferentes categorías parecía ser el método más eficaz. Se elaboraron nuevas normas, y no se hicieron excepciones: todo el mundo tenía que colocar su basura en diferentes contenedores. Por ejemplo, con las bolsitas de té usadas, se tenía que hacer lo siguiente: la etiqueta al contenedor de basura de cartón, la propia bolsa al marcado como ‘papel’, las hojas de té al de ‘compost’, la grampa metálica al contenedor de ‘residuos de metal’, y el hilo o cuerda a una bolsa marcada como ‘basura’. Podrá pensarse que esto debe haber sido una broma, pero… Suiza es Suiza, donde quienes no respetan las reglas tienen que pagar una multa. La gente todavía puede optar tirar la basura sin separar en los contenedores de basura, pero pagando un impuesto por cada kilo de residuos. El precio oscila entre 2 y 3 euros, por unos 5 kilos de basura.

 

El más eficiente y rentable

En las antípodas de estos modelos europeos, se encuentra el peculiar  caso de la “Ciudad de la Basura” en el barrio Manshiyat Naser, de El Cairo. Allí va a parar la mayor parte de los desechos que se producen en la capital de Egipto.  Los habitantes del barrio -cristianos coptos llamados "zabbaleen" (basureros)- recorren la ciudad buscando basura y traen su botín hasta estas calles, donde lo primero que hacen es analizar minuciosamente el contenido de cada una de las bolsas, separando el plástico y el papel de lo orgánico, que sirve de comida para los cerdos que crían.
Aunque parezca imposible, no hay en El Cairo -ciudad de más de 20 millones de habitantes- un sistema de recolección de residuos sostenible o que funcione. Los "zabbaleen", que viven casi exclusivamente de la venta de los desechos reciclados, recogen el 60 por ciento de los residuos que produce la ciudad y reciclan un 80 por ciento. A pesar de que el barrio se percibe como sucio, marginado y segregado, esta comunidad recolecta la basura de la ciudad desde hace décadas y ha desarrollado el sistema de reciclaje más eficiente y rentable a escala mundial. Sin embargo, el lugar es visto como un arrabal: gente que vive entre la basura.
La gestión de los desechos sólidos es un problema universal que atañe a todo habitante del planeta. Y con más del 90 por ciento de los desechos que se vierten o queman a cielo abierto en los países de ingreso bajo, son los pobres y los más vulnerables quienes se ven más afectados.
El problema de la basura tiene, históricamente, dos artistas. Por un lado, la escasez de recursos no renovables; por el otro, la disponibilidad de terrenos para depositar la basura. La solución no es mágica, espontánea ni individual, sino que es concreta, lenta y comunitaria, y sobre todo, depende de políticas ambientales que se sucedan en el tiempo, independientemente de la gestión de turno. 

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[1] El acuerdo de París -firmado en diciembre de 2015- buscaba limitar el aumento de la temperatura global promedio para finales de siglo por debajo de los 2°C, o incluso de 1,5°C, en comparación con los niveles preindustriales.
[2] Maplecroft es una firma global de consultoría estratégica y de riesgos con sede en Bath, Reino Unido. Su trabajo incluye el análisis de los principales riesgos políticos, económicos, sociales y ambientales que afectan a las empresas e inversores globales.
 

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