Hablás de mí y no sabés quién soy

Por Miguel Magnasco
jueves, 15 de abril de 2021 · 12:28

El caso de una niña que vive en condiciones de indigencia paraliza por unos días al país. Se informa un secuestro, que es algo más difuso que eso en realidad, se informan ausencias parentales, que tampoco son tales, se muestra -o más bien se expone- el lugar donde habita esa niña: se llena todo de habladurías de enunciadores que no son en ningún caso los afectados en esta historia. Una historia que, desde el vamos, está manifestando otros significados sociales infinitamente más complejos y dolorosos.  

Porque lo que en realidad hay, muy por contrario a lo que expresa la gramática espectacularizante de los medios y las redes sociales, es una cotidianeidad. No hay excepción o hecho aislado, hay solo y tristemente una vida que, junto a millones de otras en el país, transcurre así todos sus días. La única diferencia es que el caso en cuestión arribó a una orilla de públicos a la que no suele arribar. Y el encuentro de ese público con la vivencia diaria de esa otredad radical, precarizada, despojada del ocultamiento habitual de lo indeseable al que se la condena, escandaliza. ¿Por qué escandaliza lo que todos sabemos muy muy bien que ocurre? Porque esta vez no aparece como paisaje esquivable, irrumpe bajo una demanda desesperada que aguijonea: hagan algo.

Pero entonces, el reflejo mayoritario, aún el de aquellos y aquellas con “buenas” intenciones, es poblar esa aparición con explicaciones suyas: juzgan el hecho bajo los propios parámetros. Y bajo los propios parámetros esto que ocurre es una excepción a lo normal. Algo que pasó ahora, pero que no pasa siempre. Entonces merece mayor efusividad o demostraciones de indignación. Pero no es una excepción: es la regla, es la vida vivida en esas condiciones día tras día. No me refiero al presunto secuestro. Me refiero a las condiciones permanentes desde las que surge este hecho.

“¿¡Dónde estaba la madre!? ¡Seguro se estaría drogando!”, trinan algunos; “¡¿Por qué nadie habla de la ausencia del padre!?”, responden con igual métrica desde la otra punta. Como si fuera un problema explicable solo por la trama vincular de los padres. Unos exudan su habitual racismo, otros usan perspectiva de género como si fuera adermicina. Se traspolan experiencias, padecimientos y explicaciones de clase media acomodada para referirse a una realidad que se desconoce por completo. A ambas posturas (para decirlo, como ínfimo homenaje, en los términos del querido Carlos Busqued): les chupa bastante un huevo comprender la vivencia de la pobreza. Solo se cumple con el deber ser del posicionamiento público -superficial- en redes sociales. No interesa ingresar al barro profundo del problema porque supone una incomodidad mayor tanto práctica como intelectual.  

Una escena cristalina de esa mecánica ocurrió en una entrevista que le realizó Gastón Pauls a Stella, la madre de la niña, algunos días después de su aparición con vida. La nota gira en torno a los problemas de adicción al paco de la mujer. Más que una entrevista, es un monólogo del conductor, invariable, invasivo, donde intenta convencerla de terminar con ese consumo. Está tan compenetrado Pauls con su retórica de empoderamiento que no registra las respuestas de quien es protagonista, la arrasa casi por completo, hasta que Stella dice: “Te escucho, y me parece bien lo que usted dice, pero más allá de ayudarme a mí, lo principal que yo necesito, si vos querés que te lo pida, es una casa”. Y la sesión de “coaching emocional” queda desarmada. Una casa. Un derecho. Una materialidad. Esa es la demanda principal de ese otro infinitamente interrumpido.

Y esa demanda se pierde en el barullo del debate público, pero centralmente es una daga al corazón de la estatalidad argentina. Son las fallas institucionales que no supimos reconfigurar. Hay una tendencia por izquierda y derecha a des-materializar las respuestas ante eventos de esta gravedad, pero no se trata de complejidades que se resuelven con buenas intenciones, discursos de autoayuda, o charlas con amigos, son bordes de lo social que pueden converger hacia mejores condiciones materiales si hay un tipo de accionar estatal más transformador. La sabiduría popular enseña bien: el camino al infierno también está pavimentado de buenas intenciones. Lo que aquí se necesitan son políticas públicas efectivas, recursos puestos en cantidad para lograr cambios institucionales concretos que permitan mejorar la capacidad de respuesta pública ante padecimientos masivos.

El peronismo generó el quiebre social y político más trascedente del siglo XX cuando otorgó, mediante políticas contantes y sonantes, condiciones de vida digna a los trabajadores industriales y rurales explotados hasta ese momento. El sujeto al que el peronismo del siglo XXI debe poder generarle condiciones para un paso digno por este mundo, es a ese núcleo consolidado de trabajadores informales y precarizados que las transformaciones en el modelo de acumulación económica del período 1976-2001 nos legaron. Me refiero a esa persistencia de la precarización en la estructura social argentina que, ni aún luego de la reducción del 30% de la pobreza y del 15% en el desempleo que logró el kirchnerismo pos 2001, pudo disiparse. Ante la menor brisa de crisis económica casi la mitad de la población se vuelve a caer del mapa. La salida requiere de mayor audacia y creatividad, pero no hablo de intentos voluntaristas y descoordinados, sino de prácticas eficaces, situadas en este tiempo, construidas desde lo estatal y las políticas públicas.

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