Los influencers de la Piedra Filosofal

*Por Julia Conalbi
domingo, 27 de junio de 2021 · 00:10

La leyenda de la Piedra Filosofal cuenta que ese objeto asombroso creado a través de la alquimia puede convertir todo metal sobre el que se lo pose en oro puro. Además, algunas versiones también afirmaban que producía el elixir de la vida, un brebaje capaz de asegurarle la eterna juventud a quien lo bebiera. El legendario tesoro fue conocido popularmente cuando Joanne Rowling decidió utilizarlo como eje del primer libro de la saga de Harry Potter. El argumento de la novela gira en torno al deseo de Lord Voldemort de hacerse con ese objeto. Finalmente, para impedir que cayera en malas manos, es destruido. Luego de eso, el sabio profesor Albus Dumbledore le explica a un Harry Potter de once años: “¿Sabes?, la Piedra no era realmente algo tan maravilloso. ¡Todo el dinero y la vida que uno pueda desear! Las dos cosas que la mayor parte de los seres humanos elegirían... El problema es que los humanos tienen el don de elegir precisamente las cosas que son peores para ellos”.

En la actualidad, a pesar de que las leyendas de alquimistas han quedado en el pasado y está claro que Harry Potter pertenece al universo de la ficción, la Piedra Filosofal tiene una vigencia terrible. El dinero, la juventud y la vida eterna están, como menciona Dumbledore, demasiado sobrevalorados. Los discursos publicitarios muestran, en su mayoría, personas jóvenes, que cumplen con los estereotipos de belleza y que realizan actividades disfrutando lo que el dinero les permite adquirir. Esos mensajes también se replican en las redes sociales: basta dar un paseo por las historias de Instagram o Facebook para comprobar el cuidado de los usuarios en la imagen al postear y el enorme predominio de situaciones agradables en lo que se publica. Nadie muestra su propia miseria, las imágenes dan cuenta de deliciosas comidas, buenos momentos con amigos, el disfrute del aire libre, de hermosos paisajes o de vacaciones.

Los seguidores en las redes son un valor. Quienes son “más conocidos” y tienen una red de contactos más amplia, consiguen mayores “amigos” o “fans” en las diferentes plataformas. Pero, si además saben manejar los códigos y la lógica de las redes sociales, pueden llegar a adquirir una audiencia que empiece a cotizar en términos económicos.

Daniela Viaggiamari es un nombre seguramente desconocido para la mayoría de los lectores de este artículo. Sin embargo, es probable que varios sepan de quién se trata si se aclara que es “Dani La Chepi”. En su perfil de Instagram, ella se define como “Mamá de Isa. Actriz. Comediante. Escritora”. Los más de dos millones de seguidores que tenía a principios de este año se convirtieron en un pasaporte para que ella pudiera participar de la segunda temporada de Mastechef Celebrity, lo que la catapultó a otro nivel de fama.

El término inglés “influencer”, que significa “persona de influencia”, se ha convertido, en la actualidad, en un oficio. Personas cuyo trabajo es mostrar su “vida cotidiana” en las redes sociales y, a mayor cantidad de seguidores, existe la posibilidad de conseguir anunciantes de mayor calibre. Cada influencer elige un estilo. La Chepi, por ejemplo, muestra a su audiencia el día a día de una madre soltera y su hija. Santiago Maratea, otro argentino con casi un millón de seguidores, se caracteriza por realizar diferentes campañas solidarias: para una niña que necesita un tratamiento médico; otra a favor de las infancias trans y una de las últimas fue para posibilitarle a deportistas argentinos viajar al Sudamericano de Ecuador.

Con números mucho más reducidos de los que manejan los influencers más conocidos a nivel nacional, en Alta Gracia, los llamados “Ratatrip”, Candela Blanca Díaz y Sebastián Espina, consiguieron una audiencia considerable. En la cuenta dedicada a los viajes, que le dio el nombre de Ratatrip, tienen más de 50 mil seguidores. En sus perfiles personales, en cambio, “Cande” y “Tatán” tienen 13 mil y 11 mil respectivamente. Números que les han permitido grandes convenios durante sus travesías y también una gran cantidad de acuerdos con comercios locales en sus perfiles personales. De esa manera, las redes sociales se convierten en un espacio de publicidad y los influencers promocionan los beneficios de determinado salón de masajes, una tienda de ropa para niños, una casa de comidas hechas o un gimnasio, como es el caso de Candela. En el perfil de Ratatrip, promocionan convenios con cadenas hoteleras, por ejemplo.

 

Construir una casa ecológica, viajar sin necesidad de tener dinero, dormir una siesta en la hamaca paraguaya, una apacible vida familiar a orillas del Chicalmtoltina… Todo eso, encarnado por personas jóvenes y que cumplen los estándares estereotipados de belleza. La vida de los “Ratatrip” es, para muchos, una existencia idílica. Momentos simples de felicidad cotidiana como lo único para exponer es, en este caso, la clave del éxito.

Al seguir esos perfiles, es fácil olvidar que existen condiciones que posibilitan que algunos accedan a esa opción de vida y otros no. Caer en el engaño de que “para cualquiera es posible” provoca una gran identificación de los seguidores con los influencers. Muestran una vida ideal a la que cualquiera puede acceder si quiere.

Si quiere… y si tiene una familia de la que heredar un extenso terreno en una de las zonas más caras de la ciudad. A esto, habría que añadirle la posibilidad de acceder a educación universitaria, dos infancias sin ninguna carencia, posibilidad de aprender idiomas extranjeros durante la adolescencia, una red de relaciones establecida incluso desde antes del nacimiento de Candela y Sebastián –capital social, en términos del sociólogo Pierre Bourdieu- y la posibilidad de ahorrar el dinero de los primeros sueldos para convertirlos en viajes.

El trágico incendio en el que los tres integrantes de la familia salvaron sus vidas milagrosamente, pero perdieron íntegramente su casa, despertó la solidaridad de gran parte de la sociedad. No fue la primera vez que Sumario Noticias publicaba una historia de una casa incendiada y personas que se quedaban sin nada. Pero sí fue inédito que a pocas horas del hecho, esa nota se convirtiera en la más leída del mes y siguiera liderando ese ránking durante más de veinte días.

Este junio, el medio también cronicó otros sucesos en los que distintas familias se quedaron en la calle: el desalojo y posterior demolición de una vivienda en barrio Poluyán y el incendio de una casa en barrio Parque San Juan. En estos últimos casos, las realidades son muy diferentes a las de Candela y Sebastián. Se trata de “completos desconocidos” para la mayoría de los habitantes de la ciudad. La clase social es otro indicador: las desalojadas, son familias que no pudieron costear un alquiler ni tienen terreno en el que construir su hogar. En el caso de quienes sufrieron el incendio, se dedican a vender pan casero en la ruta y no tienen ninguna cuenta bancaria a la que quienes deseen ayudar puedan hacer una transferencia.

En un día, Candela y Sebastián recibieron casi dos millones de pesos de parte de personas que decidieron ayudarlos cuando se incendió su vivienda. Muy diferente es la realidad de las otras familias. Incluso, los “Ratatrip” compartieron la historia de la familia de barrio Parque San Juan, pero la repercusión no fue la misma.

El sentirse identificado con un personaje –en este caso los influencers- implica que aquello que le sucede al protagonista podría ocurrirle también al espectador. Los seguidores de Ratatrip vivieron como propia la tragedia de Cande y Tatán, pero se sintieron enajenados de la realidad de las otras familias. Evidentemente, el marcado perfil de clase media y media alta de su audiencia ha provocado una empatía selectiva.

La solidaridad es la colaboración desinteresada con quien lo necesita, independientemente de sus condiciones sociales. Si no, es más una complicidad entre miembros de la misma clase social que otra cosa.

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