LA COLUMNA DE GÉNEROS.

Sangre nuestra

Por Alejandrina Cuquejo.
lunes, 6 de junio de 2022 · 10:57

(Sumario Noticias, Alta Gracia) Las historias de Chiara Páez y Susana Chávez, y el surgimiento del #NiUnaMenos, en un nuevo aniversario. 

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Sangre mía, / de alba, / de luna partida, / del silencio. / de roca muerta, / de mujer en cama, / saltando al vacío, /Abierta a la locura. / Sangre clara y definida, /           fértil y semilla, / Sangre incomprensible gira, / Sangre liberación de sí misma, / Sangre río de mis cantos, / Mar de mis abismos. / Sangre instante donde nazco adolorida, /Nutrida de mi última presencia.

Este poema fue escrito por la mexicana Susana Chávez que, además de dedicarse a las letras fue una militante comprometida en la defensa de los derechos humanos y, especialmente, en la lucha contra la violencia machista en su ciudad natal, Ciudad Juárez.

Entre los años 1993 y 2011 en Ciudad Juárez había más de 700 casos de mujeres asesinadas o desaparecidas que se encontraban sin resolver. Las víctimas eran, en su mayoría mujeres adolescentes de bajos recursos que comenzaban a trabajar en precarias condiciones en las maquiladoras norteamericanas ubicadas en la frontera. Las maquiladoras son industrias que importan productos sin pagar impuestos, cuyo producto se comercializa en el país de origen de la materia prima, en este caso, EEUU.

En 1995, en una protesta por las muertes y desapariciones de mujeres en Ciudad Juárez, Susana Chávez inicia su discurso con la frase “Ni una menos, ni una muerta más”, lema que más adelante se convertiría en el símbolo de la lucha latinoamericana en contra de la violencia machista.

Susana Chávez fue abandonada por sus padres. Su madre biológica era alcohólica y terminó suicidándose. La tía de Susana la adoptó y se hizo cargo de ella hasta los últimos días de vida. Susana, escribía literatura desde los once años, daba clases en el Instituto de la Cultura fue parte de proyectos audiovisuales, estudiaba psicología y administración. Tenía 36 años cuando la mataron el 6 enero de 2011. Fue asesina por un grupo de hombres que habían tomado unos tragos con ella, “un encuentro desafortunado”, según el fiscal que investigó su muerte. Susana había salido para juntarse con unas amigas, había estado en un bar donde se mantuvo una conversación con tres jóvenes de diecisiete años, quienes, un rato después, la violaron, la asfixiaron y le mutilaron su mano izquierda (con la intención de simular una ejecución de los narcos)

Cambiando de escenario, pero no de tema, Chiara Páez nació y vivió en la localidad de Rufino, ubicada al sureste de la provincia de Santa Fe, en el límite con las provincias de Córdoba y Buenos Aires, ciudad de 20.000 habitantes aproximadamente. Chiara vivía con su mamá y su hermana, cursaba el segundo año del secundario, le gustaba jugar al hockey y concurría habitualmente a la parroquia. El 9 de mayo de 2015, Chiara estaba cenando con sus amigas cuando se fue con su novio con la promesa de que volvería más tarde. Nunca regresó.

El novio, de 16 años en ese momento, confesó al día siguiente que mató a Chiara a golpes porque tuvieron una discusión ya que ella se negaba a interrumpir su embarazo de 2 meses y que en la pelea “se sacó” (sic). Confesó también que había enterrado el cuerpo en casa de sus abuelos. La muerte de Chiara Páez conmocionó a todo el país hasta darle origen a uno de los mayores movimientos de la lucha feminista: el Ni Una Menos.

Chiara y Susana nacieron y crecieron en ciudades muy disímiles, Ciudad Juárez es una de los lugares más violentos del mundo, con escasas oportunidades para sus pobladores y Rufino es un lugar tranquilo, centro agrícola y ganadero. Estas dos mujeres tenían unas vidas muy diferentes, pero sus muertes tienen denominadores en común: la violencia machista que las mató por su condición de mujer y encauzar una de las luchas más significativas del feminismo que se expresa en las diferentes movilizaciones cada 3 de junio.

Si se toma este lema de Una Menos de manera literal, su significado responde claramente a la exigencia de que no haya más mujeres asesinadas por la violencia machista.  Pero ¿cómo se llega a estos crímenes de odio? ¿Por qué hombres matan a sus parejas o ex parejas, sus hijas, sus madres, sus vecinas, sus amigas, sus compañeras de trabajo o estudio…? ¿En qué momento las mujeres dejan de ser personas amadas para convertirse en objeto de sometimiento?

La violencia machista no se forma de un día para el otro, ni son casos aislados, es producto de esa compleja red de relaciones asimétricas de poder que llamamos Patriarcado. La violencia física de género, siendo el femicidio su máxima y más tremenda expresión, es la punta del iceberg del patriarcado.

En la base de gran masa de hielo, de manera menos visible se encuentran las formas de relacionarnos que mantiene ese sistema. Esto se mantiene y refuerza a través de la educación, los medios de comunicación, las ofertas del mercado, desde los juguetes diferenciados para niños y niñas hasta los artefactos culturales como las canciones, la literatura, los deportes y varios etcéteras más… este juego de relaciones desiguales mantiene esa gran masa helada que hemos utilizado como una metáfora del patriarcado.

Esto por supuesto no significa que las mujeres sean todas buenas y víctimas y los hombres todos malos y victimarios, sino que hay una sociedad de base que crea a hombres, mujeres y disidencias en relaciones desiguales de poder.

La pregunta es ¿qué hay que hacer para terminar con la desigualdad de género?

Para romper la base de ese iceberg, primero hay que visibilizarlo y ponerlo en cuestión. Por primera vez, desde que se miden los casos de femicidios la cifra ha descendido, hay políticas públicas que seguramente están dando resultado, aunque, también es evidente que no son suficientes.

Es una tarea del Estado y de la sociedad civil en su conjunto lograr que el hielo se rompa. Hay un camino recorrido que trasciende al 3 de junio, esta lucha no comenzó hace siete años, sino que atraviesa a varias generaciones pasadas y seguramente a generaciones futuras también.

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