


En su bicicleta de ruedas macizas, una niña de cinco años atraviesa a toda velocidad los campos de los tambos, en las afueras de Alta Gracia. Cruza de norte a sur, por el oeste del camino de los lecheros, pasa por el Sierras Hotel y toma cuesta abajo para bordear el tajamar. Enfundada en su guardapolvo almidonado, Hilda Zagaglia llega a la escuela Manuel Solares. Por entonces, aquella niña sólo podría imaginar a la mujer en la que se convertiría años después: una reconocida artista plástica de la ciudad, una vecina involucrada con el devenir de Alta Gracia, una ganadora de premios a nivel internacional, una madre de dos hijos. “Nací en Alta Gracia pero vivíamos en el campo. Nací acá, porque se venía a nacer acá. Mi abuela era Moreschi, y todos los Moreschi tenían campos en la zona del camino de los lecheros. Yo vivía en el último campo, con mi familia que se dedicaba a trabajar la tierra”.
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