

Puñal y madrugada en Villa Santa Ana
Jorge Conalbi Anzorena
(Santa Ana; SN) Santa Ana amaneció con los nudillos de la ley golpeando en más de una puerta. Fue temprano, cuando el frío de la ola polar que llega aún se colaba por las hendijas y los vecinos miraban por las ventanas sin correr del todo las cortinas. Cuatro domicilios, una orden de fiscalía y un objetivo: atrapar al hombre que, una semana atrás, entró a una casa con un cuchillo en la mano y el miedo en los ojos de los que lo vieron entrar.
Tenía 31 años y un historial tan largo como una noche sin luna. Ya lo conocían. No por su nombre, sino por lo que dejaba atrás: puertas rotas, amenazas susurradas con filo, cosas que desaparecían y gente que no volvía a dormir tranquila. Esta vez, dicen, fue más allá. Se metió en la casa cuando todavía olía a cena. Adentro, una familia. Él, con un arma blanca. Palabras cortantes. Cosas que se llevó, y otras que dejó: el espanto, por ejemplo.
La Brigada de Investigaciones no durmió mucho desde entonces. La calle habló. Las pistas se movieron despacio, como suele pasar cuando el miedo no deja hablar a nadie. Pero al final lo encontraron. Y con él, objetos que podrían cerrar el círculo de lo robado.

No hubo persecución de película. Solo un operativo quirúrgico. Sin estridencias. Sin héroes. Solo un hombre que alguna vez eligió el atajo y no supo salir de ahí. Lo subieron a un móvil. Lo bajaron en una dependencia. Ahora espera. La Justicia tiene la última palabra, pero Santa Ana ya lo había condenado hacía rato, con la sentencia silenciosa del que se acostumbra al sobresalto.
Dicen que participó en varios hechos parecidos. Que el libreto siempre era el mismo: el filo, la amenaza, la huida. Hoy el telón bajó. Pero en Santa Ana nadie aplaude. Porque en este tipo de historias, ni el final trae alivio.


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