

Malvinas: "Ver cómo bajaban la bandera argentina y subían la británica fue muy duro"
SN
(Alta Gracia; SN) No es solo el 2 de abril. Para quienes estuvieron en la guerra, la memoria empieza a activarse días antes, en charlas, actos escolares, encuentros y silencios. Es un proceso que vuelve cada año, con la misma intensidad.
Gustavo Díaz, veterano de Malvinas y referente en la ciudad, lo explica desde la experiencia: “Es como un duelo que uno nunca termina de cerrar. Con el tiempo aprendés a vivir con eso, pero cada año vuelve todo”.
La historia personal se remonta a 1982. Tenía 18 años y vivía en barrio San Martín cuando fue convocado al servicio militar obligatorio. El sorteo por número de documento definía el destino de miles de jóvenes que seguían el resultado por radio. “Era algo que se vivía como una obligación, pero también con cierta inconsciencia propia de la edad”, recuerda.

En febrero de ese año se presentó en Córdoba. La secuencia fue inmediata: revisión médica, traslado y destino asignado en cuestión de horas. No hubo tiempo para despedidas. “Pensábamos que íbamos a volver a casa a preparar las cosas, pero no. De ahí nos llevaron directamente”, relata.
El primer destino fue Comodoro Rivadavia. El contraste fue brusco: del calor del verano a un frío que sorprendía a todos. “Mi mamá me insistió en que llevara abrigo. Yo no quería, porque pesaba que ya volvía, pero al final lo llevé. Cuando llegué, fue una salvación”, cuenta.
Las condiciones eran precarias desde el inicio. El traslado en avión se hizo sin asientos, con los soldados amontonados. Al llegar, fueron sometidos a rutinas improvisadas. “Nos hicieron formar y bañarnos con agua helada. Era todo muy rápido, muy extraño, pero uno lo tomaba como algo nuevo”, describe.
La falta de información era total. Ni los soldados ni muchos de sus superiores sabían con claridad lo que estaba ocurriendo. “Al principio pensábamos que era una práctica, un ejercicio. Nadie imaginaba lo que venía”, afirma.
La llegada a las islas marcó un antes y un después. Díaz recuerda el primer impacto visual: un paisaje que le resultó “hermoso”, con casas blancas y techos rojos, muy distinto a la imagen posterior de la guerra. “Después todo cambió. Se hicieron trincheras, se usó lo que había para sobrevivir. Ese paisaje se transformó”, señala.
La preparación militar había sido mínima. “Hicimos muy poco entrenamiento. Prácticamente no teníamos experiencia real. Incluso en tiro, muchas veces se usaban balas de fogueo”, explica.
La conciencia del peligro llegó con el avance de la flota británica. Los rumores comenzaron a confirmarse y el clima cambió. “Ahí apareció la incertidumbre. Uno sabía que podía pasar algo, pero tampoco dimensionaba todo”, dice.
El miedo convivía con la adrenalina. “La primera vez que bombardean te tirás al piso. Después, de alguna manera, lo empezás a naturalizar. Éramos chicos, no entendíamos completamente lo que estaba pasando”, relata.
Entre los recuerdos más duros aparece la muerte de un compañero herido por una mina. “Lo sostuve mientras se desangraba. Eso es algo que no se borra”, expresa. Esa vivencia fue, años después, el origen de una obra que hoy forma parte de la memoria local: el monumento a los caídos en Alta Gracia.
También recuerda el deterioro físico de los soldados hacia el final del conflicto. “Había hambre. Algunos compañeros estaban muy debilitados. Era una situación límite”, describe.
La rendición llegó a través de una radio, en medio de una guardia. La noticia generó sensaciones encontradas. “Por un lado, alivio porque todo terminaba. Por otro, angustia por lo que se había perdido”, resume.
Uno de los momentos más significativos fue el cambio de bandera. “Ver cómo bajaban la argentina y subían la británica fue muy duro. Es una imagen que queda para siempre”, afirma.
El regreso al continente no fue menos impactante. Llegó de madrugada, sin aviso. Bajó de un vehículo y caminó hasta su casa. “Golpeé la puerta y mi viejo me abrió. Esa imagen no me la olvido más”, cuenta.
La escena familiar quedó marcada por la emoción contenida. “Mi mamá no era de demostrar mucho, pero la mirada lo decía todo. Fue un momento muy fuerte”, agrega.
La etapa posterior estuvo atravesada por el silencio. “Durante años no hablábamos de lo que había pasado. Ni nosotros ni nuestras familias”, explica. La sensación de desubicación era frecuente. “Era como estar en otro lugar, en otra dimensión”, describe.
La reinserción se dio de a poco. El trabajo y el acompañamiento familiar fueron claves. Díaz ingresó a la Fábrica Militar de Aviones y luego desarrolló su vida laboral durante años. “Eso ayudó a ordenarse”, señala.
También hubo un proceso social. Durante mucho tiempo, los veteranos no recibieron reconocimiento. “Hubo una etapa de desmalvinización muy fuerte. No se hablaba del tema, era incómodo”, recuerda.
Con el paso de los años, esa situación comenzó a cambiar. Los excombatientes impulsaron actividades, charlas y acciones para mantener viva la memoria y reclamar reconocimiento. “Fue una construcción colectiva”, afirma.
En ese camino, Díaz insiste en un mensaje que repite en cada espacio donde habla: la guerra no es la solución. “Siempre decimos lo mismo: no conduce a nada. Es dolor para muchos y beneficio para pocos”, sostiene.
Hoy, a 44 años, memoria, respeto y reconocimiento a quienes combatieron y a quienes dieron su vida por el país.
Las Malvinas fueron, son y serán argentinas.



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