Del alineamiento total al peligro real: Milei y una apuesta sin red

La expulsión del máximo representante iraní en Argentina, en medio de la escalada global reaviva amenazas que el país conoce, en un escenario cada vez más inestable.
Opinión02 de abril de 2026Jorge Conalbi AnzorenaJorge Conalbi Anzorena

La escena internacional vuelve a tensarse. Medio Oriente arde otra vez, en el marco de lo que podría definirse como otra etapa de la Tercera Guerra Mundial iniciada el pasado 3 de enero, con el secuestro del presidente venezolano por parte de Estados Unidos. El mundo observa con preocupación cómo el conflicto escala sin freno. En ese contexto, no es Argentina como actor colectivo la que decide su lugar, sino el presidente Javier Milei quien fuerza un posicionamiento externo que expone al país a riesgos conocidos.

Los mercados ya empezaron a dar señales. Caen las acciones argentinas, el riesgo país vuelve a niveles inquietantes y la volatilidad se instala como norma. El aumento del precio del petróleo y el temor a una guerra abierta entre potencias elevan la incertidumbre global, y las economías más frágiles absorben el impacto de inmediato.

Pero el frente económico es apenas la superficie. Debajo, se despliega una dinámica más delicada, atravesada por decisiones políticas concentradas y con una fuerte impronta mesiánica.

La política internacional se convirtió en una obsesión del presidente Javier Milei. No se trata de una construcción institucional ni de consensos amplios: es una orientación impulsada desde la cima del poder. El mandatario eligió un alineamiento total, explícito y sin matices con Estados Unidos e Israel, y lo ejecuta sin margen para ambigüedades. Se trata de una toma de partido que no solo va a contramano de la tradición diplomática argentina, sino que resulta absolutamente innecesaria para los intereses del país. Aunque, hay que admitirlo, le brindó frutos políticos al propio Presidente con la intromisión descarada de Donald Trump en el proceso electoral argentino del año pasado.

En esta escalada se inscribe la expulsión de Mohsen Soltani Tehrani, encargado de negocios de Irán en Argentina, obligado a abandonar el país en 48 horas tras ser declarado persona no grata. La medida no es aislada: forma parte de una lógica de confrontación directa que eleva la exposición argentina en un escenario internacional cada vez más inestable.

Irán no es un actor menor. Es protagonista central en el actual tablero de Medio Oriente y ha advertido sobre posibles respuestas con ataques “más destructivos”. En ese clima, cada gesto diplomático deja de ser simbólico.

La diferencia es central: no es el país en su conjunto, ni sus instituciones -empezando por el Congreso nacional-  quien define ese nivel de involucramiento, sino una decisión política personal del Presidente que arrastra al país a una zona de riesgo creciente.

La historia reciente ofrece un recordatorio incómodo. Los atentados que marcaron a la sociedad argentina no fueron hechos aislados. Estuvieron vinculados a un entramado internacional en el que la Argentina quedó expuesta por alineamientos externos y decisiones de política internacional.

Ese antecedente vuelve a proyectarse sobre el presente, pero sin que aparezca una estrategia basada en la prudencia o la reducción de riesgos.

El Gobierno sostiene una narrativa de firmeza, con alto contenido ideológico, que busca mostrar coherencia en el plano internacional. Sin embargo, esa coherencia tiene un costo potencial: ubicar a la Argentina -por decisión presidencial- en una línea de confrontación con actores asociados al terrorismo internacional.

El contexto global no ayuda. Las tensiones crecen, las amenazas se multiplican y los márgenes de error se reducen.

En un escenario donde los conflictos escalan sin control, forzar alineamientos rígidos sin capacidad de respuesta propia no parece una estrategia prudente.

En un mundo donde las amenazas no siempre se anuncian con anticipación, jugar a la geopolítica de alto voltaje sin red de contención puede ser algo más que una imprudencia. Puede ser, directamente, una invitación al desastre.

Y Argentina ya sabe, demasiado bien, lo que ocurre cuando esas invitaciones son aceptadas.

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