


(Buenos Aires; SN, con información de NA).- Argentina atraviesa una transformación demográfica de una magnitud inédita: en apenas una década, la cantidad anual de nacimientos cayó un 46,83 por ciento. Mientras en 2014 nacieron 777.012 bebés, en 2024 fueron 413.135, es decir, 363.877 menos.
La dimensión del fenómeno puede observarse también en la vida cotidiana. Hace una década nacían en el país unos 2.128 niños y niñas por día, 88 por hora o uno cada 45 segundos. En 2024, ese promedio descendió a 1.131 nacimientos diarios, 47 por hora o uno cada 80 segundos.
Los números forman parte de las “Estadísticas Vitales” elaboradas por la Dirección de Estadísticas e Información de Salud (DEIS), dependiente del Ministerio de Salud de la Nación. El organismo reúne la información proveniente de los certificados de nacimiento registrados en todo el país. Los datos definitivos de cada año deben ser enviados al nivel nacional antes del 30 de junio del año siguiente y, debido al procesamiento requerido, los resultados se publican posteriormente. Por eso, en 2026 se conocieron las cifras correspondientes a 2024.

Un fenómeno que atraviesa todo el país
La reducción se produjo en todas las provincias, aunque con diferencias significativas. La Ciudad Autónoma de Buenos Aires y Tierra del Fuego registraron las tasas más bajas, con 6,9 nacimientos cada mil habitantes. En el otro extremo quedaron Misiones, con 12,3; Chaco, con 11,9; Santiago del Estero, con 10,8; y Formosa, con 10,7.
Más allá de esas diferencias, ninguna jurisdicción quedó al margen del proceso: en todo el territorio argentino nacieron considerablemente menos bebés que una década atrás.
La consecuencia inmediata es un fuerte achicamiento de la diferencia entre nacimientos y muertes. En 2014 nacieron 777.012 personas y murieron 325.539: los nacimientos más que duplicaban las defunciones. En 2024 hubo 413.135 nacimientos y 376.405 muertes. La diferencia quedó reducida a apenas 36.730 personas, alrededor del 10 por ciento.
En CABA y la provincia de Buenos Aires, incluso, ya se registraron más muertes que nacimientos. Y no se trata de un aumento extraordinario de la mortalidad: la reducción de la brecha responde fundamentalmente al desplome de la natalidad. De hecho, las tasas de mortalidad infantil, neonatal y postneonatal se encuentran en mínimos históricos.
Desde la DEIS definieron el descenso registrado entre 2015 y 2024 como “un fenómeno demográfico relevante” que también se observa en el resto de América Latina. El organismo aclaró, sin embargo, que no dispone de estudios propios que permitan establecer las causas de la caída.
Sí destacó una consecuencia: el descenso de la fecundidad provocó una reducción del crecimiento vegetativo —la diferencia entre nacimientos y defunciones—, que en 2024 alcanzó su mínimo histórico. Si la tendencia continúa, Argentina podría llegar a registrar por primera vez una disminución natural de su población, escenario en el que la inmigración pasaría a ser determinante para compensar el saldo negativo.
De 2,4 a 1,23 hijos por mujer
Los investigadores de CIPPEC Rafael Rofman y Carola della Paolera describen el proceso como una verdadera “revolución demográfica”.
Según los especialistas, 2014 marcó el comienzo de una transformación acelerada: en diez años, la fecundidad cayó un 48 por ciento y llegó en 2024 al mínimo histórico de 1,23 hijos por mujer. El descenso ocurrido durante esa década fue superior al acumulado durante los 60 años anteriores.
El cambio fue particularmente pronunciado entre las más jóvenes. La fecundidad de las adolescentes menores de 20 años disminuyó un 71 por ciento, mientras que entre las mujeres de 20 a 24 años cayó un 52 por ciento. Además, el fenómeno no quedó circunscripto a los grandes centros urbanos: se verificó en todas las provincias.
¿Por qué nacen menos chicos?
No existe una explicación única. Entre especialistas citados por Noticias Argentinas aparecen diferentes factores: la postergación de la maternidad; el mayor acceso a educación sexual y métodos anticonceptivos; la reducción de embarazos no intencionales; las dificultades económicas asociadas a la crianza; las transformaciones familiares y sociales; una mayor autonomía de las mujeres para definir sus proyectos personales y profesionales; y el acceso a la interrupción voluntaria o legal del embarazo.
Leonardo Mezzabotta, jefe de Obstetricia del Sanatorio Los Arcos y presidente de la Sociedad de Obstetricia y Ginecología de Buenos Aires (SOGIBA), prefiere hablar de una “baja” antes que de una “caída”, porque considera que el proceso todavía no encontró un piso.
Entre las razones menciona el acceso extendido a las políticas de salud reproductiva y a métodos anticonceptivos, incluidos aquellos administrados después de un parto. En algunos servicios de maternidad, señaló, más del 90 por ciento de las mujeres puede recibir el alta con algún método anticonceptivo. También incluyó entre las herramientas disponibles el acceso a la interrupción voluntaria y legal del embarazo.
Para Mezzabotta, el elemento central es que actualmente una proporción mucho mayor de los embarazos responde a una decisión. La posibilidad de elegir cuándo tener hijos, cuántos tener o directamente no tenerlos se consolidó tanto por los recursos médicos disponibles como por una transformación cultural.
Maternidad postergada y nuevos proyectos de vida
Silvia Pecchini, jefa de Unidad del Servicio de Obstetricia del Hospital Santojanni, también considera que las causas son múltiples. Entre ellas ubica la postergación de la maternidad vinculada con las aspiraciones laborales, económicas y personales de las mujeres.
El embarazo y los primeros años de crianza todavía implican, en muchos casos, una reducción de la jornada laboral de las madres. A eso se agregan proyectos personales que anteriormente quedaban subordinados al mandato de la maternidad: desarrollo profesional, formación, viajes y otras decisiones sobre la propia vida.
También creció la cantidad de mujeres y parejas que deciden tener un solo hijo, así como aquellas que directamente optan por no tener descendencia. Para Pecchini, esa transformación expresa una mayor libertad para decidir si maternar o no.
La maternidad, además, se posterga cada vez con mayor frecuencia más allá de los 35 años. Los especialistas advierten que esa demora puede reducir las posibilidades de embarazo y aumentar determinadas complicaciones. Paralelamente, entre mujeres jóvenes con capacidad económica se extendió la práctica de congelar óvulos para utilizarlos en el futuro.
El peso de la economía
La situación económica aparece como otro componente del debate. Pecchini señaló que incorporar un hijo a una familia supone afrontar gastos de vivienda, cobertura de salud, educación y manutención cotidiana, en un contexto en el que frecuentemente ambos integrantes de una pareja necesitan trabajar.
Desde CIPPEC, Rofman y della Paolera relativizan, en cambio, la posibilidad de atribuir el descenso fundamentalmente a las crisis económicas argentinas. Señalan que la tendencia se mantuvo durante períodos económicos diferentes y consideran que el proceso responde principalmente a una combinación de cambios tecnológicos y culturales.
Entre ellos destacan una mayor autonomía femenina, cambios en los vínculos familiares y mandatos sociales, la ampliación de derechos de niños y niñas y la postergación de la edad en la que las parejas deciden tener hijos.
También señalan el impacto de los anticonceptivos de larga duración, especialmente de los implantes subdérmicos distribuidos masivamente por el sistema público, que permitieron reducir los embarazos no intencionales entre adolescentes. Para los investigadores, ni la pandemia ni la legalización del aborto pueden explicar por sí mismas la tendencia, porque el descenso había comenzado varios años antes.
La discusión no es solamente sobre las mujeres
La escritora, abogada y activista feminista Lala Pasquinelli incorpora otro eje al debate: las condiciones concretas en las que actualmente se desarrolla la maternidad y la situación de las infancias existentes.
También cuestiona que la caída de la natalidad sea presentada exclusivamente como una decisión o responsabilidad femenina. Según señaló, hombres y mujeres registran porcentajes similares de deseo de tener descendencia, entre el 48 y el 50 por ciento. A esto sumó el incremento mundial de las vasectomías y una reducción de la fertilidad masculina atribuida a factores ambientales.
Desde esa perspectiva, Pasquinelli plantea que las nuevas generaciones no solamente se preguntan si desean tener hijos, sino también si disponen del tiempo, los recursos y las condiciones afectivas necesarias para criarlos.
Menos chicos, escuelas más vacías
El fenómeno excede a la Argentina. América Latina y el Caribe registran actualmente un promedio de 1,8 hijos por mujer, por debajo del nivel de reemplazo poblacional, estimado en 2,1.
La consecuencia es un progresivo envejecimiento de la población que ya comienza a impactar en los sistemas educativos y sanitarios y que, a largo plazo, plantea interrogantes sobre la sustentabilidad de los sistemas previsionales.
En Argentina, la población de entre tres y cinco años disminuyó un 31 por ciento en una década: pasó de 2,3 millones a 1,6 millones de niños. La reducción ya provocó el cierre de jardines maternales y de infantes y podría generar, en los próximos años, una mayor disponibilidad de vacantes educativas.
Pero el impacto también llegó al sistema sanitario. Algunas clínicas privadas cerraron servicios de neonatología y maternidades porque dejaron de ser económicamente sostenibles.
Mezzabotta indicó que en el sector público actualmente se produce entre el 40 y el 50 por ciento de los nacimientos que se registraban diez años atrás. La reducción también se observa en el subsector privado y en las obras sociales.
Al mismo tiempo, disminuyó el interés de estudiantes de Medicina por especialidades vinculadas con los nacimientos, como Obstetricia. Algunos centros de salud ya carecen de residentes en esas disciplinas, mientras profesionales formados buscan otras áreas ante la reducción de la demanda laboral.
Más embarazos después de los 35 años
La disminución de los nacimientos convive con otra modificación relevante: entre los embarazos que sí se producen aumenta proporcionalmente la presencia de mujeres mayores de 35 años.
Pecchini advirtió que se trata de embarazos que pueden presentar mayores riesgos, morbilidad y complicaciones. Para la especialista, la pirámide poblacional argentina comienza a invertirse: habrá proporcionalmente menos jóvenes y más adultos mayores.
La pregunta que surge entonces excede a la medicina y alcanza directamente a la economía: cómo financiar un sistema previsional y sostener una población cada vez más envejecida cuando disminuye la cantidad de personas que ingresarán en el futuro al mercado laboral.
Familias distintas y una Obstetricia que también cambia
La transformación también modificó el trabajo cotidiano en los consultorios. Mezzabotta explicó que el modelo tradicional de una embarazada acompañada por un varón dentro de una pareja heterosexual dejó de representar la totalidad de los casos.
Hoy los profesionales atienden configuraciones familiares diversas, mujeres que concurren solas y una mayor cantidad de embarazos producto de técnicas de reproducción asistida, entre otras situaciones.
Para el titular de SOGIBA, la reducción de la natalidad no debe interpretarse necesariamente como una mala noticia: también expresa la posibilidad de decidir cuándo ser madre, cuántos hijos tener o si tenerlos. El desafío, sostiene, consiste en que las instituciones se adapten a una estructura social y demográfica diferente.
Rofman y della Paolera plantean el mismo fenómeno desde otra perspectiva: frente a una población que crecerá cada vez menos, el futuro argentino dependerá menos de la cantidad de habitantes y más de su educación, productividad y condiciones de vida.
La caída de la natalidad, por lo tanto, abre una discusión que va mucho más allá de cuántos bebés nacen cada año. Pone en debate cómo se organizarán las escuelas, el sistema sanitario y las jubilaciones; qué lugar ocuparán las políticas migratorias; cómo se distribuirán las tareas de cuidado; y de qué manera deberá adaptarse la economía a una sociedad con menos niños y una proporción creciente de adultos mayores.
En diez años, Argentina pasó de un nacimiento cada 45 segundos a uno cada 80. La transformación ya ocurrió. La incógnita ahora es cómo se prepara el país para sus consecuencias.


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