


(Alta Gracia; SN).- Para el médico epidemiólogo Carlos Ferreyra, el calor extremo dejó de ser simplemente una cuestión climática. Es un problema sanitario, profundiza las desigualdades sociales y debería ocupar un lugar central en las políticas de salud pública. Sin embargo, advierte que en Córdoba prácticamente no se mide la temperatura a la que están realmente expuestas las personas, las escuelas y los trabajadores, no se contabilizan adecuadamente las muertes vinculadas con las altas temperaturas y el sistema sanitario tampoco está preparado para prevenir sus consecuencias.
Ferreyra lleva tres años intentando colocar el tema en la agenda pública. Con una extensa trayectoria en salud pública, tanto en el Ministerio de Salud de Córdoba como en el de la Nación, fue además consultor de la Organización de las Naciones Unidas y es autor de la ley provincial para combatir el dengue.
Entrevistado por Jorge Conalbi Anzorena durante la mañana de la Siempre Radio 93·3 FM el epidemiólogo planteó una definición contundente: el calor extremo debe ser abordado como un problema de salud pública y de derechos humanos.

“Si no sabemos la temperatura que tenemos en nuestra casa, en nuestro barrio, en nuestra escuela, en nuestra oficina o lugar de trabajo, todas las políticas se pueden equivocar o estamos jugándonos a una ruleta rusa”.
La temperatura puede cambiar diez grados dentro de la misma ciudad
Uno de los principales cuestionamientos de Ferreyra apunta a la manera en que se mide y comunica la temperatura.
Según explicó, en numerosos países resulta habitual que edificios públicos, escuelas y lugares de trabajo dispongan de instrumentos para medir temperatura y humedad. En Córdoba, sostuvo, esa práctica no existe.
El problema no es menor. La temperatura informada por los servicios meteorológicos puede diferir considerablemente de aquella a la que está sometida una persona en su vivienda o barrio.
Ferreyra aseguró haber realizado mediciones en distintos sectores de Córdoba capital y haber encontrado diferencias de entre tres y hasta nueve o diez grados respecto de los registros meteorológicos de referencia, que es tomada en dos puntos, uno de ellos, a unos varios kilómetros del centro de la ciudad.
“Cuando el Servicio Meteorológico dice 30 grados en Córdoba, me he ido a algunos sectores y he encontrado diferencias que van desde los tres hasta los nueve o diez grados”.
Eso significa que mientras oficialmente se habla de 30 grados, determinadas personas pueden estar soportando 40. Y esa diferencia, explicó, puede resultar decisiva para la salud.
El calor y los medicamentos: un riesgo desconocido
Ferreyra puso especialmente el foco sobre quienes padecen enfermedades y toman medicamentos.
Contrariamente a la idea de que la vulnerabilidad frente al calor depende exclusivamente de la edad, explicó que determinados tratamientos pueden aumentar el riesgo. Mencionó, entre otros, los betabloqueantes, antihipertensivos y psicofármacos.
Según el epidemiólogo, los pacientes generalmente desconocen la relación entre los medicamentos que consumen y su vulnerabilidad frente a temperaturas extremas.
La combinación puede ser particularmente peligrosa entre adultos mayores que viven solos, personas con enfermedades cardiovasculares y familias que carecen de recursos económicos para refrigerar adecuadamente sus viviendas.
Escuelas que no están preparadas
Ferreyra aseguró haber visitado numerosas escuelas públicas cordobesas y sostuvo que no están preparadas para afrontar episodios de calor extremo.
Según explicó, a partir de determinadas temperaturas el rendimiento escolar comienza a deteriorarse y, cuando el calor aumenta, pueden aparecer además consecuencias sobre la salud.
“Los niños sometidos a temperaturas por encima de los 25 grados ya no aprenden adecuadamente y, si la temperatura sube por encima de los 30 grados, se generan problemas de aprendizaje y hasta problemas de salud”.
El epidemiólogo lamentó que el problema no forme parte todavía de manera suficiente de la agenda educativa ni de las políticas públicas.
Las muertes que las estadísticas no ven
Uno de los pasajes más duros de la entrevista apareció cuando Conalbi Anzorena le preguntó si Córdoba y Argentina contabilizan las muertes relacionadas con las temperaturas extremas.
La respuesta fue terminante.
“Argentina, la provincia de Córdoba y la ciudad de Córdoba no registran la realidad de los muertos por calor extremo”.
Ferreyra contrapuso esa situación con países que cuentan con sistemas para estimar la mortalidad asociada con episodios de temperaturas extremas.
Para el especialista, medir esos impactos constituye una condición elemental para diseñar políticas preventivas: si el Estado desconoce cuántas personas enferman o mueren como consecuencia del calor, difícilmente pueda dimensionar el problema y establecer respuestas adecuadas.
“El calor empobrece”
Ferreyra incorporó además una dimensión económica y social al problema.
El calor, sostuvo, no afecta a todos por igual.
Quien dispone de una vivienda correctamente aislada, aire acondicionado, automóvil climatizado y un lugar de trabajo refrigerado enfrenta una situación completamente diferente de quien vive en una casa precaria o carece de dinero suficiente para mantenerla fresca.
“Los más pobres sufren del calor, mientras que los más ricos tienen estructuras que les permiten enfriar su vida”.
Pero la desigualdad no termina allí.
Una persona que enferma debido a las altas temperaturas puede necesitar trasladarse de urgencia, recurrir al sistema sanitario, comprar medicamentos o perder jornadas laborales. Por eso Ferreyra sintetizó otro de los conceptos centrales de la entrevista:
“El calor empobrece”.
Y advirtió que también puede matar, especialmente a personas mayores que viven solas, consumen determinados medicamentos, tienen dificultades económicas para refrigerar sus hogares y desconocen los riesgos a los que están expuestas.
Tres años de advertencias
El epidemiólogo afirmó que lleva tres años planteando el problema ante autoridades provinciales, incluyendo áreas de Salud y Ambiente.
Su evaluación de las respuestas obtenidas fue especialmente crítica.
“Lo que hay son respuestas superficiales, de lápiz de labio para decir que tenemos un plan de acción, pero todo sigue como está”.
También cuestionó que los médicos que atienden adultos mayores no cuenten con capacitación suficiente sobre los efectos de las temperaturas extremas y su interacción con determinadas medicaciones.
Frente a esa ausencia de respuestas, Ferreyra propone que las propias comunidades comiencen a organizarse, informarse y reclamar políticas preventivas.
¿Qué hacer?
El primer paso parece extremadamente sencillo: medir.
Saber qué temperatura y humedad existen realmente dentro de una vivienda, una escuela, una oficina o un lugar de trabajo permitiría adoptar medidas antes de llegar a situaciones críticas.
Pero Ferreyra sostiene que la prevención debe ir mucho más allá del termómetro.
Los adultos mayores y las personas con enfermedades crónicas deberían conocer cómo reaccionar ante una ola de calor; los profesionales sanitarios deberían evaluar el impacto de determinados medicamentos; las escuelas tendrían que disponer de protocolos frente a temperaturas peligrosas y las autoridades deberían desarrollar mediciones territoriales capaces de detectar las enormes diferencias existentes dentro de una misma ciudad.
“No hay que hacer grandes inversiones”, sostuvo. El punto de partida es disponer de información, comprender el riesgo y organizar las respuestas.
El calor como cuestión de derechos humanos
Para el epidemiólogo, conocer las condiciones ambientales a las que una persona está sometida forma parte de su capacidad para proteger su propia vida.
“Hoy no saber cuál es la temperatura que uno tiene en su casa realmente le impide actuar, gestionar su vida de manera adecuada”.
Por eso define el acceso a esa información como una cuestión vinculada con los derechos humanos.
Su diagnóstico conecta además el calentamiento global con la desigualdad: quienes menos recursos tienen son quienes disponen de menos herramientas para defenderse de temperaturas cada vez más altas.
Y allí aparece el núcleo político de su advertencia: el cambio climático no afecta a una sociedad abstracta, sino a personas concretas y profundamente desiguales frente a sus consecuencias.
Al finalizar la entrevista, Ferreyra volvió sobre una concepción que atraviesa toda su mirada sanitaria:
“La medicina es un servicio a la sociedad, no es un mecanismo para hacer dinero”.
El especialista recordó que "En Argentina teníamos un sistema público que venía de la época pasada del peronismo, del radicalismo de (Arturo) Illia, que nos dieron un sistema de salud muy bueno. Lo que hemos hecho en estos últimos 40, 50 años justamente es lo contrario: en vez de mantener un sistema público de salud que garantice, por ejemplo, el prepararnos ante el calor como lo están haciendo hoy en el Servicio Nacional de Salud Británico, lo hemos privatizado y esa privatización, esa política de privatizar y transformar a la medicina en un mecanismo de mercado es lo que está generando gravísimos problemas".
Ferreyra impulsa "retomar el tema en una etapa en la cual es difícil porque hay un crecimiento a nivel global del neoliberalismo" y con "la llegada de esta derecha que plantea que haya guerras, que haya racismo, que realmente haya calentamiento global, que la pobreza se mantenga".
“ Hoy, posicionarse ante el calor no es solamente proteger tu vida es proteger el futuro de una nación con mayor igualdad”.


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