

Ausentismo escolar: cuando el punto de partida desmiente el relato de la meritocracia

(Alta Gracia; SN) – La meritocracia parte de una idea tan sencilla como atractiva: cada persona puede progresar según su esfuerzo, capacidad y perseverancia. El razonamiento no toma en cuenta -o inten ta soslayar- el punto de partida. ¿Puede hablarse de mérito en igualdad de condiciones cuando para unos ir todos los días a la escuela es algo natural y para otros sostener la asistencia depende de superar obstáculos económicos y sociales?
Los últimos resultados de las Pruebas Aprender revelaron que la mitad de los estudiantes argentinos de sexto grado concurre a establecimientos donde el ausentismo constituye un problema moderado o grave. Pero esa dificultad no se distribuye de manera pareja: afecta al 61,6% de los alumnos de sectores socioeconómicos bajos y al 31,7% de quienes pertenecen a los estratos más altos.

La diferencia se profundiza en los casos graves. El 23,6% de los estudiantes de menores recursos asiste a escuelas severamente afectadas por las inasistencias. Entre los sectores de mayores ingresos, apenas el 6,9%.
No se trata, entonces, solamente de cuánto se esfuerza un chico cuando se sienta frente a un examen. Antes hubo otra desigualdad: algunos pudieron estar en el aula todos los días y otros no.
El mérito necesita condiciones
Los resultados académicos completan el cuadro. En Lengua existe una diferencia de 42 puntos entre los estudiantes de escuelas sin problemas de ausentismo y aquellos que concurren a establecimientos donde las faltas son graves. En Matemática, la distancia alcanza los 52 puntos.
Incluso dentro de un mismo nivel socioeconómico, quienes asisten a escuelas con menor ausentismo obtienen mejores resultados.
El dato resulta relevante porque permite invertir una pregunta frecuente. En lugar de preguntarse únicamente por qué determinados estudiantes obtienen peores resultados, cabe preguntarse qué condiciones tuvieron para aprender.
Faltar significa perder explicaciones, ejercicios y contenidos que luego sirven de base para incorporar otros conocimientos. Las ausencias acumuladas producen discontinuidad y esa discontinuidad termina expresándose en las evaluaciones.
Pero tampoco las faltas ocurren en el vacío. Detrás pueden aparecer problemas de transporte, alimentación, salud, vivienda, organización familiar o dificultades económicas. Allí donde esas vulnerabilidades se acumulan, sostener la escolaridad puede convertirse en una tarea mucho más difícil.
La desigualdad comienza antes del examen
La diferencia entre escuelas estatales y privadas aporta otra evidencia. El 60,9% de los estudiantes del sistema estatal concurre a establecimientos donde el ausentismo representa un problema moderado o grave. Entre quienes asisten a escuelas privadas, la proporción cae al 24,6%.
En las situaciones consideradas graves, la distancia es todavía mayor: 22,1% en las estatales contra apenas 2,6% en las privadas.
No significa que la gestión estatal provoque el ausentismo. Por el contrario, las escuelas públicas reciben y sostienen a una parte considerable de la población atravesada por mayores vulnerabilidades sociales. Muchas veces deben enfrentar dentro del aula problemas que nacieron mucho antes y bastante más lejos de sus puertas.
Por eso los datos de Aprender también interpelan la idea de la igualdad de oportunidades entendida simplemente como la existencia formal de una escuela abierta para todos. Una vacante escolar garantiza el derecho a inscribirse. No necesariamente garantiza las condiciones materiales para ejercer plenamente ese derecho.
Sin Estado, el punto de partida sigue siendo desigual
Es allí donde aparece el papel del Estado. Si las posibilidades de aprender están condicionadas por factores económicos y sociales que exceden a cada estudiante y a cada familia, generar igualdad de oportunidades requiere intervenir sobre esas condiciones.
Transporte para llegar a la escuela. Alimentación suficiente para aprender. Atención sanitaria. Infraestructura adecuada. Docentes y equipos interdisciplinarios. Sistemas capaces de detectar tempranamente el ausentismo. Políticas sociales que eviten que una crisis familiar termine expulsando silenciosamente a un chico de su trayectoria educativa.
Nada de eso puede depender exclusivamente de la voluntad individual.
La igualdad de oportunidades requiere, por lo tanto, un Estado con recursos, capacidad institucional y decisión política para intervenir allí donde las desigualdades de origen condicionan las posibilidades futuras.
El mérito puede explicar diferencias entre personas que disponen de oportunidades comparables. Resulta mucho más insuficiente cuando pretende explicar por qué algunos avanzan y otros quedan atrás después de haber partido desde lugares profundamente diferentes.
Las Pruebas Aprender ofrecen una fotografía concreta de esa desigualdad. Antes de evaluar quién aprendió más, muestran que algunos estudiantes pudieron acumular muchas más horas dentro del aula que otros.
Por eso, si la educación pretende funcionar como herramienta de movilidad social, no alcanza con abrir la puerta de la escuela. Hay que construir las condiciones para que todos puedan atravesarla cada mañana.


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