
Samanta Schweblin y su regreso a Córdoba: el “buen mal” tiene forma de cuentos
Por Francisco Ciarez y Franco Muñoz
Por Francisco Ciarez y Franco Muñoz
27 de marzo de 2025 Redacción SNEs jueves. La humedad llega a su pico máximo a las seis de la tarde. Sin embargo, hay gente esperando. Algunos con abanicos, otros mirando su celular esperando que alguien llegue. La organización es total. Una pizarra y una fila. La gente de Quade, toda de negro, yendo y viniendo. Un puesto de ventas dentro de la Facultad de Lengua de la Universidad Nacional de Córdoba. El motivo: el regreso de Samanta Schweblin para presentar su nuevo libro “El buen mal”.
Después de quince años, Samanta vuelve a tierras cordobesas. La anfitriona es la cordobesa Eugenia Almeida. La gente tranquilamente va entrando a la sala y se acomoda en las butacas. El aire acondicionado apacigua el calor sofocante de afuera. La bienvenida estuvo a cargo de la Doctora Graciela Ferrero, decana de la Facultad de Lenguas. Acto seguido, Samanta junto con Almeida ingresan a la sala. Schweblin lleva una campera de jean, el pantalón de la misma tonalidad. Los aritos combinan con su anillo negro que tiene una “S” en blanco. Sus dedos son largos y delgados. Esbelta y sencilla, es más grande que las fotos 4x4 que aparecen en sus libros. Ella se pone un minuto a mirar a su entorno, reconoce algunas caras y las saluda. Algunos admiradores, otros alumnos de talleres donde fue maestra. Todos tienen en común una cosa: la admiración por una de las mejores cuentistas del país.
Eugenia Almeida, anfitriona y lectora
¿Qué significa tener a Samanta Schweblin en Córdoba?, es la pregunta inicial en el diálogo con Eugenia Almeida, quien es la encargada de entrevistar a la autora de “El buen mal” en la sala de la Facultad de Lenguas.
Almeida, escritora cordobesa, es la anfitriona de este encuentro con la literatura en el corazón de la ciudad universitaria. Para ella, tener a Samanta allí es un hito, una oportunidad única, con una de las grandes escritoras argentinas y de las referentes cuentistas contemporáneas.
“A veces estamos acostumbrados a leer autores que nos gustan de hace 100 años y, acá, ahora, podemos escuchar en vivo a una autora del calibre de Samanta. Para mí es como asistir a una charla de Margarite Duras o Silvina Ocampo. Es un privilegio poder estar acá”, dice.
Eugenia es una novelista y columnista reconocida por la comunidad cordobesa. Teniendo en cuenta esto, una de las consultas que surgen es acerca de la posibilidad de trazar un puente entre su obra y la de Samanta, de algún modo poner a conversar a ambas autoras a partir de sus lecturas. Sin embargo, Eugenia no sale de su rol de “lectora ferviente” de la obra de su entrevistada. “No me animaría a pensar un punto de contacto con mi obra, mi disposición es de alguien que lee a Samanta. Ojalá haya algún punto de contacto porque mi admiración es muy grande”, cuenta.
- Entonces, ¿cómo es leer a tu colega Samanta Schweblin? -
- Primero, es un gran privilegio que sea mi contemporánea, que esté en el mismo territorio. Estamos hablando de una escritora de un calibre que permite iluminar mucho más que la escritura en sí. Iluminar el mundo escuchándola, leyéndola. Yo creo que en ese plano no soy muy diferente a alguien que ahora está esperando en la fila para escucharla y que es carpintero o empleado de comercio. Creo que la literatura bien hecha, y lo que hace Samanta es realmente sublime, nos pone en un lugar que descascara todas esas identidades. Si sos escritora, si no lo sos, qué edad tenés, dónde naciste… eso hace a la buena literatura.
"El buen mal"
Samanta vive en Berlín, Alemania. Está radicada allí desde 2012. Sin embargo explica que sus textos tienen una argentinidad marcada. “Todos los cuentos, todo el tiempo - de manera central - están mirando hacia Argentina. Es un libro sobre Argentina, pero desde otras ciudades muchas veces. Eso también soy yo, eso también me influye y es lo que me pasa todo el tiempo”, dice.
Su último libro de cuentos se titula “El buen mal”. Sobre esta obra, plantea la presencia de energías personales: “Creo que estamos condicionados, invadidos, adormecidos por las fuerzas invisibles que nos empujan cada día. Los miedos por lo que cada uno arrastra. Los mandatos que le damos. Las ideas que tenemos sobre el mundo, que no son el mundo: son nuestras ideas”, explica Samanta y acto seguido se pregunta: “¿Cuáles con las fuerzas que de pronto llegan y ponen eso en jaque? ¿Cuál es la fuerza que de pronto te hace parar por el miedo, por la incertidumbre, por la brutalidad de la verdad que no podía ver antes?”.
Es interesante esta apreciación de la autora, quien invita a prestar atención a aquello que ocurre en el interior de uno mismo y “sobre lo que está pasando alrededor”. “Eso para mí es la fuerza del buen mal. Y eso es lo que nunca está dicho”, dice.
No vuela una mosca en la sala. Aunque siempre un celular interrumpe por un minuto la puesta en común de dos escritoras que parecen estar tomando un café en el Sorocabana. Pensándolo así, cualquier contaminación sonora está permitida. Tiempos modernos. Eugenia recibe la orden de ir cerrando. Se viene la firma de libros y la foto. Samanta se sienta sola en una mesa con un mantel negro y su último libro acompañado con un vaso de agua. Es una especie de estrella de rock moderna. Cada persona accede y pega un papel con su nombre para agilizar el procedimiento. Ella se saca fotos con todos. Sonríe. Firma “El buen mal” pero muchos tienen en su manos ediciones de bolsillos o primeras ediciones de “Pájaros en la boca y otros cuentos”, éste último el más firmado por Schweblin. Luego de salir del recinto seguirá recorriendo el mundo llevando el género del cuento con aires rioplatenses. Buscando en el presente, revolviendo el pasado. Tratando de abordar lo sencillo y seguir jugando con esa delgada línea que separa lo cotidiano de lo contingente.
Por Francisco Ciarez y Franco Muñoz
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