

Gemelo Digital: Milei y el manual del poder sin frenos
Jorge Conalbi Anzorena
(Alta Gracia; SN).- La Argentina ya conoce esa escena. Un gobierno que dice venir a liberar, pero empieza por disciplinar. Que promete terminar con los privilegios, pero concentra poder. Que jura defender la República, mientras le pasa la motosierra a los controles que hacen posible la democracia.
Javier Milei no inventó el autoritarismo. Apenas lo aggiornó con estética de streaming, insulto de tribuna y planilla Excel.
El Presidente gobierna como si el voto hubiera sido un cheque en blanco y no un mandato limitado por la Constitución. El Congreso molesta. La protesta molesta. La prensa molesta. Los jueces molestan cuando no acompañan. Los datos molestan cuando contradicen el relato. Y, en esa lista de molestias, aparece siempre la misma tentación: reemplazar la política por la obediencia.

El protocolo antipiquetes fue el primer ensayo general: convertir el reclamo social en problema policial. Organismos de derechos humanos advirtieron obstáculos al derecho de protesta y un uso creciente de la fuerza estatal contra manifestantes. Después vinieron los jubilados reprimidos, los fotógrafos heridos, las marchas rodeadas por uniformes y una pedagogía brutal: protestar puede costar caro.
El segundo capítulo fue la prensa. Milei no discute con periodistas: los marca. No responde preguntas: señala enemigos. Reporteros Sin Fronteras y el Comité para la Protección de los Periodistas alertaron sobre ataques, hostigamiento y deterioro de la libertad de expresión bajo su gobierno. No es un detalle menor. Cuando el poder se enoja con quien pregunta, no está defendiendo la verdad: está preparando el silencio.
El tercero fue la Justicia. Nombrar jueces de la Corte por decreto no es audacia institucional; es prepotencia. Human Rights Watch sostuvo que esa decisión debilitaba la independencia judicial, y el Senado terminó rechazando las postulaciones. Pero el mensaje ya estaba escrito: si el procedimiento demora, se lo saltea; si el límite incomoda, se lo empuja.
Ahora aparece la promesa futurista del “gemelo digital social”, un sistema de inteligencia artificial para diseñar políticas públicas que generó pedidos de informes por dudas sobre datos, vigilancia y transparencia. Suena moderno. También suena peligroso. Porque un Estado que ajusta derechos, reprime protestas y hostiga voces críticas no debería recibir un cheque tecnológico para mirar la vida de la ciudadanía desde una torre de control.
El autoritarismo rara vez llega con uniforme planchado. A veces llega con memes, conferencias agresivas y cadenas nacionales con tono de barricada. A veces no clausura diarios: los asfixia. No prohíbe marchas: las encarece con miedo. No cierra el Congreso: lo trata como escribanía o estorbo.
La motosierra, al final, no sólo corta gasto. También corta garantías.
Y una democracia no se pierde únicamente cuando los tanques avanzan por la avenida. También se erosiona cuando un Presidente convence a demasiada gente de que los derechos son privilegios, que los controles son trabas y que la libertad consiste en obedecer al que grita más fuerte.


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