“Aunque todo el mundo se oponga”: Milei y "su" libertad "por la fuerza"

En el homenaje al Libertador, el Presidente habló de “someter por la fuerza” y planteó avanzar con su programa “aun cuando todo el mundo se oponga”, en una lógica de confrontación permanente.
Política17 de agosto de 2026Salvadora OnrubiaSalvadora Onrubia
MILEI, Javier + MACRI, Jorge + MENEM, Martín 20260817
El discurso del Presidente fortaleció su sesgo autoritario y anunció que usará la fuerza contra "el mal".

(Buenos Aires; SN).- En el acto por el paso a la inmortalidad del general José de San Martín, el presidente Javier Milei construyó un discurso alrededor de la defensa de la libertad, pero apeló para hacerlo a una serie de recursos característicos de las retóricas autoritarias: la identificación de enemigos internos y externos, la división moral de la sociedad, la política entendida como una batalla y la reivindicación de la fuerza como instrumento para imponer el orden.

El Presidente partió de la figura de San Martín y de su lucha contra la dominación española para establecer una continuidad entre las guerras de independencia y las disputas políticas, económicas y culturales de la Argentina actual.

“Los enemigos de la libertad existen y no descansan”, afirmó Milei. Más adelante sostuvo que “hoy la libertad se enfrenta a un nuevo conjunto de enemigos, tanto internos como externos”.

La construcción del enemigo atravesó buena parte del mensaje. El mandatario habló de quienes “quieren someternos”, de aquellos que buscan “socavar” ideas y valores y de quienes pretenden recuperar un pasado que, según su interpretación, empobreció a las mayorías para beneficiar a una minoría.

La operación discursiva transforma así al adversario político en algo diferente: ya no se trata solamente de sectores con intereses, diagnósticos o proyectos distintos, sino de actores que amenazan un valor presentado como universal.

La libertad según Milei

La palabra “libertad” organizó prácticamente todo el discurso. Sin embargo, Milei le asignó contenidos políticos concretos: libertad para comerciar y emprender, apertura económica, desregulación, propiedad privada, seguridad, determinadas alianzas internacionales y fortalecimiento de las Fuerzas Armadas.

Esos principios no fueron presentados como una interpretación política entre otras posibles. Hacia el final del discurso, el Presidente aseguró que su gobierno está dispuesto a defenderlos “aun cuando todo el mundo se oponga a ellos”, porque, afirmó, “son verdaderos”.

La frase introduce una tensión con la concepción pluralista de la democracia. Si determinados principios se imponen como verdaderos independientemente de la voluntad social, el desacuerdo deja de ser parte legítima del debate democrático para convertirse en un obstáculo que el Gobierno debe superar.

La misma idea reapareció cuando Milei aseguró que “cuando la voluntad es firme y la dirección es clara, no hay más opción que seguir adelante”, reforzando una lógica de avance sostenido incluso frente a resistencias generalizadas.

De San Martín a la “batalla cultural”

El lenguaje bélico permitió conectar la gesta sanmartiniana con el proyecto político del Gobierno.

Milei insistió con “dar la batalla cultural”, de conquistar y defender la libertad, de enfrentar enemigos y de “dar la batalla por la libertad allá donde sea necesario, sin importar el costo”.

El recurso traslada simbólicamente la lógica de las guerras de independencia a los conflictos políticos contemporáneos. San Martín combatió contra ejércitos para terminar con el dominio colonial; el Gobierno plantea ahora una batalla política y cultural contra quienes identifica como adversarios de la libertad.

La figura del Libertador funciona así como legitimación histórica del programa oficial. Milei aseguró que “la gesta sanmartiniana es una fuente permanente de inspiración para todo mi gobierno” y convocó a seguir el camino que San Martín “protegió con la sangre de sus granaderos a caballo”.

De esta manera, una determinada interpretación contemporánea de la economía, la seguridad y el Estado queda asociada al legado de uno de los símbolos centrales de la historia argentina.

"El mal" y el uso de la fuerza

Uno de los pasajes más duros estuvo dedicado a la seguridad.

“El mal existe y quienes eligen ese camino deben ser sometidos por la fuerza”, sostuvo el Presidente, quien reclamó policías “capaces, entrenados y vigilantes” y planteó la utilización de “toda la fuerza pública” contra "los criminales".

El uso legítimo de la fuerza constituye una atribución del Estado en cualquier sistema democrático. Sin embargo, en ese tramo del discurso el énfasis estuvo colocado en el sometimiento y la coerción, sin referencias equivalentes a los límites de esa fuerza, el debido proceso, las garantías constitucionales o el control judicial.

La construcción vuelve a ser binaria: de un lado aparecen los “ciudadanos honestos”; del otro, quienes eligieron "el mal” y deben ser sometidos.

Del adversario político al adversario moral

La polarización alcanzó también a la economía y a la denominada “batalla cultural”.

Según Milei, quienes pretenden someter a la sociedad comienzan “por atacar nuestras ideas, nuestras creencias y nuestros valores”. Luego afirmó: “Ellos nos quieren hacer creer que el pecado es justo y la justicia es pecado”.

El Presidente agregó que esos sectores pretenden justificar “el robo” apelando a “la necesidad económica del pobre” o “la necesidad fiscal del Estado”.

Con esa formulación, la discusión sobre impuestos, gasto público o políticas redistributivas abandona el terreno de las diferencias económicas para ingresar en categorías morales: justicia, pecado y robo.

El adversario ya no aparece simplemente equivocado. En el esquema discursivo presidencial, representa una inversión de los valores que el Gobierno considera verdaderos.

Una contradicción dentro del homenaje

El propio discurso contiene una tensión significativa.

Al reivindicar a San Martín, Milei sostuvo que “la verdadera medida de un Libertador no está en cuando toma las armas, sino en cuando las suelta”. También destacó su decisión de dejar “al pueblo elegir su propio gobierno”.

La grandeza del prócer aparece entonces asociada a una virtud democrática fundamental: limitar el propio poder y reconocer la voluntad popular.

Sin embargo, hacia el final, el mandatario reivindicó a un gobierno dispuesto a sostener sus principios “aun cuando todo el mundo se oponga a ellos”, porque los considera verdaderos.

El discurso comienza celebrando a un Libertador que renuncia al poder y termina reivindicando la decisión de avanzar sin condicionamientos incluso frente a una oposición total.

La paradoja atraviesa todo el mensaje. Milei reivindica la libertad frente al poder estatal, pero para defender su propia definición de libertad construye enemigos, plantea una batalla permanente, divide el escenario entre quienes defienden y quienes amenazan determinados valores y reivindica el uso de la fuerza frente a quienes identifica con "el mal".

El interrogante que deja esa construcción no pasa entonces por la libertad como valor, sino por los límites del poder que afirma defenderla: quién determina dónde debe darse esa batalla, qué costos resultan admisibles y qué lugar conserva el desacuerdo democrático cuando el Gobierno considera que sus principios son verdaderos incluso si “todo el mundo” se opone.

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