Cortar el hilo por lo más delgado

Por Julia Conalbi
martes, 19 de enero de 2021 · 11:21

Entre 1928 y 1929, el pintor surrealista belga René Magritte presentó la serie “La traición de las imágenes”. En varios cuadros, se podía observar una pipa y la leyenda “Ceci n’est pas une pipe”, cuya traducción al español es “Esto no es una pipa”. Consultado sobre el tema, la explicación del artista fue: “La famosa pipa. ¡Cómo la gente me reprochó por ello! Y, sin embargo, ¿se podría rellenar? No, sólo es una representación, ¿no lo es? ¡Así que si hubiera escrito en el cuadro "Esto es una pipa", habría estado mintiendo!”. Casi dos siglos más tarde, la obra de Magritte fue parafraseada con la imagen de una computadora portátil y la leyenda “Ceci n´est pas une école”, para aludir a la diferencia entre una notebook y una escuela.

Hace poco menos de un año, la aparición de casos de coronavirus covid-19 en Argentina llevó a suspender las clases presenciales e implementar, de manera repentina, un sistema de educación a distancia sin precedentes. De un día para el otro, docentes acostumbrados a pararse frente a un curso a explicar un tema, tuvieron que convertirse en asesores por WhatsApp, Youtubers y repartidores de libros y fotocopias a domicilio. Las reuniones virtuales, las clases por videollamadas, los malabares para sortear las dificultades de conexión y las diferentes realidades de las familias transformaron la jornada laboral en un continuo infinito. Los mensajes y consultas llegaban a maestros y profesores a cualquier hora, todos los días de la semana. Incluso en enero, en pleno periodo de vacaciones, algunos profesores siguen recibiendo mensajes en sus teléfonos particulares.

Por otra parte, en una era donde el reemplazo de trabajadores por elementos tecnológicos avanza a pasos agigantados, la pandemia demostró la necesidad del rol del docente. Los trabajos enviados a domicilio complicaron la labor de estudiantes y familias. E incluso entre quienes lograron cumplir con todo lo solicitado y obtener buenas calificaciones, los resultados distaron mucho de los que otorga la presencialidad. Hubo recorte de contenidos, selección de temas prioritarios, elaboración de programas especiales. En 2020, los alumnos de las escuelas argentinas aprendieron menos y los docentes y familias estuvieron sobrecargados de trabajo. El trabajo en el aula, en presencia de docentes y alumnos, es irremplazable.

La necesidad de que se reanuden las clases presenciales es innegable. Y frente al discurso simplista de que “los docentes no quieren volver a trabajar” o que los gremios ponen trabas para el regreso a las escuelas, gran parte de los trabajadores de la educación desea fervientemente retomar sus labores como lo hacía habitualmente, en sus horarios establecidos y abandonar la locura e improvisación del año pasado. Sin embargo, la realidad está a la vista.

El pasado lunes 18, la secretaria de Acceso a la Salud, Carla Vizzotti advirtió acerca de un crecimiento acelerado de casos en chicos de 14 a 19 años. Ese mismo día, el gobernador de la provincia de Córdoba, Juan Schiaretti anunció que en el ciclo lectivo 2021 habrá clases presenciales y que se implementará un sistema dual, combinado con la virtualidad. Además, anunció que en febrero comenzará la vacunación para el personal docente. Paralelamente, el ministro de Educación de la Nación Nicolás Trotta, aclaró que “la vacuna no es imprescindible para el regreso a las aulas”. Su par cordobés, Walter Grahovac, hizo énfasis en el respeto del distanciamiento para el retorno a las escuelas: “La idea es que se puedan ocupar aulas con un distanciamiento mínimo de un metro, que es lo que recomiendan los organismos sanitarios a nivel internacional y nacional. Esto facilita que una semana podamos tener un grupo de alumnos (en el aula) y la semana siguiente, a otro grupo; se podrá mantener así un núcleo estable y, de haber una situación no deseada de contagio o de circulación de virus, se podrá aislar un grupo y no perjudicar a todos”. Pese a haber sido secretario general de un sindicato docente, el Ministro no brindó certezas acerca de cómo se evitará el contagio en casos de que sea el profesor o maestro quien contraiga el virus ¿Se aislarán a los dos grupos? O cómo se abordará la situación de trabajadores que desempeñan sus funciones en varias escuelas.

El cumplimiento estricto de los protocolos es el medio ideal para evitar la propagación del virus. Sin embargo, es complejo pensarlo en instituciones que no cuentan con personal suficiente para la limpieza; en donde escasean elementos de higiene; cuando muchas veces los estudiantes se ven obligados a compartir espacios y elementos o con aulas totalmente sobrepobladas. Complejo, no imposible. Sí es perfectamente viable que la vuelta a los edificios se desarrolle de modo seguro si la Provincia invierte en mejoras edilicias, contrata mayor personal para la limpieza, establece un sistema combinado para que cada profesor dicte clases presenciales a un solo grupo y complete el resto de su carga horaria de modo virtual y provee a todas las escuelas de los elementos necesarios para la higiene. Pero los antecedentes del Gobierno provincial generan grandes suspicacias en ese sentido. La suspensión de convocatorias y las paritarias por debajo de la inflación provocan dudas acerca de cuánto está dispuesto a invertir en el sistema educativo. Por otra parte, si la mitad del curso asiste a la escuela y el resto tiene actividades virtuales, no se especificó quién o cómo se realizará la labor de elaboración y corrección de los trabajos a distancia para evitar la sobrecarga de trabajo de los docentes ¿O se espera que realicen doble labor por la misma remuneración? El anuncio de vuelta a clases presenciales dejó tanta incertidumbre como las improvisaciones que la pandemia obligó a realizar en 2020.

La necesidad de regresar a las aulas es real. Pero también la de garantizar las condiciones de salud para alumnos y docentes y los derechos laborales de los trabajadores. Está claro que una computadora no es una escuela. Lo que sigue en duda es si habrá un abordaje del retorno a los edificios que no sea cortar el hilo por lo más delgado y delegar la responsabilidad sanitaria en directivos y docentes.

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