

El sable corvo: El plan oficial para reducir a San Martín a "una espada sin cabeza"
Jorge Conalbi Anzorena
Bajo la narrativa de la "recuperación de las tradiciones" y la "revalorización de los símbolos patrios", el gobierno de Javier Milei ha puesto en marcha un operativo simbólico de alto impacto: el traslado del sable corvo de José de San Martín desde el Museo Histórico Nacional hacia el Regimiento de Granaderos a Caballo. Sin embargo, detrás del brillo de las espuelas y el protocolo militar, se esconde una operación política profunda: el intento de despojar al Libertador de su traje de estadista para confinarlo, exclusivamente, en el de soldado.
La decisión, plasmada en un decreto que ya cosecha rechazos de figuras como la diputada Natalia de la Sota y de los propios herederos de Juan Manuel de Rosas —quienes custodian la voluntad testamentaria del prócer—, no es un mero cambio de domicilio para una reliquia. Es un mensaje ideológico. Al devolver el sable a un cuartel, el oficialismo busca clausurar el debate sobre el San Martín político, aquel cuya visión de Estado choca de frente con el actual dogma libertario.

El estadista que el Gobierno pretende ocultar
Para la narrativa del Ejecutivo, el Estado es una "organización criminal". En ese esquema, el San Martín que gobernó la Intendencia de Cuyo entre 1814 y 1816 resulta una figura profundamente incómoda, casi subversiva.
Mientras el relato oficial intenta reducir la historia argentina a una gesta de individuos aislados y mercados libres, los registros históricos —validados por el propio Instituto Nacional Sanmartiniano— devuelven la imagen de un San Martín que convirtió a Cuyo en un "Estado presente". Aquel gobernador no esperó a que la "mano invisible" organizara los recursos para la campaña libertadora; por el contrario, intervino activamente en la economía: reguló el comercio, fomentó la agricultura, promovió la industria local y organizó la hacienda pública con una eficiencia técnica admirable.
San Martín entendió que la libertad de América no era un concepto abstracto de mercado, sino una construcción política que requería de una base material sólida. Siguiendo las ideas de Manuel Belgrano, utilizó el poder del Estado para crear fábricas de pólvora, laboratorios de medicinas y un sistema de salud y educación pública que sirvieron de motor para la Gran Empresa. Ese es el San Martín "peligroso" para el actual gobierno: el que demostró que un Estado fuerte y planificador es la única herramienta capaz de conquistar la soberanía real.
El sable como mordaza
El traslado del sable a una unidad militar busca reforzar la imagen del San Martín "mudo", el guerrero que solo obedece y ejecuta, alejándolo de la mirada civil y del análisis crítico que propicia un museo. En un cuartel, el sable se convierte en un objeto de culto castrense; en el Museo Histórico Nacional, era un documento de nuestra identidad política.
Las críticas no tardaron en llegar. Los descendientes de Rosas (a quien San Martín legó el sable por su defensa de la soberanía ante las potencias extranjeras) advierten que este movimiento traiciona la historia. Por su parte, sectores de la oposición señalan que el decreto de Milei busca una "limpieza ideológica" del pasado para que solo encaje el San Martín que no cuestiona el presente.
La historia como campo de batalla
Al exaltar únicamente las virtudes militares -disciplina, orden, jerarquía- y omitir deliberadamente su faceta de reformador social y líder político, el gobierno libertario intenta apropiarse del bronce para justificar su propio proyecto de desguace estatal.
Si San Martín es solo un sable, entonces no hay nada que aprender de su gestión económica ni de su ética pública. Pero la historia es terca. Por más que el sable sea guardado tras los muros de un regimiento, los archivos recordarán siempre que el Padre de la Patria no solo desenvainó el acero contra los realistas, sino que también usó la pluma y el poder del Estado para construir una nación donde, lejos de la anarquía del mercado, la prioridad era la felicidad y la libertad de sus pueblos.
El intento de transformar a San martín en "una espada sin cabeza" es, en última instancia, una confesión de temor: el miedo de un gobierno que aborrece al Estado frente a un prócer que lo usó para cambiar el mundo.



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