Otro policial negro

Por Paula Franicevich
domingo, 29 de agosto de 2021 · 00:05

Todas las tardes, desde el bondi, la miraba caminar por la misma calle.

Cuando sos chofer, para no aburrirte, vas como de safari. Te entretenés viendo los monos en la vereda. Las minas pintarrajeadas que suben en minifalda y las que parecen pibes, que no das ni dos mangos, pero al final son las que se ahorran la apoyada de chota de los gordos lechosos que no ven una concha ni en figurita.

Esta mina a veces iba en compañía de un viejo y siempre iba con una nena.

Primero, me la imaginé soltera y abandonada, como tantas que terminan llorándole al padre. El tipo le llevaba fácil cuarenta años. Después vi que el viejo como que la acechaba de más, ¿me entendés? Tercero, me di cuenta que ella también me miraba a mí, o que se había dado cuenta de que yo la tenía fichada que, aunque distinto, para el caso es lo mismo.

Una vuelta que estaba sola, se subió y no bajó hasta el final del recorrido. Se sentó en la primera fila del lado del pasillo. No iba a ningún lado y no miraba la ventanilla. Cuando el bondi empezó a quedar vacío, pensé que iba a decirme alguna cosa. Me puse nervioso, loco. Yo intenté hablar, pero no me animé. Sentí que no daba. Se bajó y nada.

La mina era una guasa alucinante, ¿viste?, de esas que ves solamente en las revistas. Se notaba que estaba forrada. Aunque no era una pendeja, se notaba que se guardaba bien, que iba al gimnasio. Un culo de revista, loco. El pelo, largazo y rubio, siempre lo tenía trenzado y recogido en un rodete enorme como el de Evita.

La tarde que pasó lo del viejo, yo la vi salir desesperada de la casa. Ahora que lo pienso, la nena no sé dónde estaba. Pero la mina, no sabés cómo chillaba. Lloraba y pedía ayuda a los gritos. Yo la vi arrastrar el cuerpo enorme con todo el peso apoyado sobre la espalda minúscula que ella tiene.

El hombre movía las piernas como podía y se notaba que no le alcanzaba el aire.

Yo paré el bondi sin pensar, imaginate. Lo subimos al tipo entre los dos a las rastras y salí cagando para la guardia.

La mina no lo paraba de mirar. Le agarraba la cara con las manos, le acariciaba el pelo, le decía cosas de adolescente enamorada, ¿viste?, como en las películas: que “no me dejes, mi amor”, que “sos mi vida”, que “aguantá un cacho más”.

Cuando llegamos el tipo estaba tieso. Yo creo que ya de antes no entendía nada, porque parece que le dio un ataque al corazón.

Como están investigando el caso, la mina tuvo que dejar la casa por un tiempo. La verdad es que no tienen nada y yo creo que nadie piensa nada de ella: es más una formalidad. Una piba joven, linda, ¿viste?, y casada con este viejo.

Se ve que los dos vivían en una mansión. Que el tipo le adoptó la hija a ella, que se la mandaba a escuela privada.

Ella me dijo que al viejo lo quería y yo le creo.

A veces la veo mirar por la ventana con ojos de pescado y hasta me dan celos. Me la imagino manoseada por el viejo asqueroso y me da una rabia...

Fijate que la otra tarde, de la locura, me puse a revisarle las cosas. Le revolví los papeles, miré los álbumes de fotos, le leí las cartas, el diario.

Lo que me llamó la atención fue que en un sobre tenía una parva de informes médicos del viejo, ¿viste?, que dicen que hacía rato venía con problemas de presión.

Capaz porque yo estaba husmeando, me dio una sensación rara.

Como que la mina estaba escondiendo algo.

Ahora que se está quedando en casa, no me puedo sacar esta idea de la cabeza, ¿viste?

Es como un recelo.

Cada vez que la miro echar así, tan nerviosa.

Tanto exceso de sal a la comida.

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