


(Buenos Aires; SN).- El gobierno de Javier Milei firmó un acuerdo de cooperación militar entre la Armada Argentina y la Cuarta Flota del Comando Sur de los Estados Unidos que habilita durante los próximos cinco años tareas conjuntas de vigilancia y monitoreo en el mar argentino. El convenio, denominado “Programa de Protección de Bienes Comunes Globales”, encendió fuertes cuestionamientos por parte de especialistas en defensa, referentes geopolíticos y sectores políticos que denuncian una virtual cesión de soberanía sobre el Atlántico Sur.
El entendimiento prevé mecanismos de cooperación operativa, intercambio de información estratégica y acciones coordinadas de control marítimo en aguas consideradas clave por sus recursos naturales y su importancia geopolítica. Aunque desde el Gobierno aseguran que se trata de un acuerdo técnico orientado a combatir delitos transnacionales y fortalecer la seguridad marítima, las críticas apuntan al trasfondo político y estratégico de la iniciativa.
El punto que más alarma genera es el propio concepto que da nombre al programa: “bienes comunes globales”. Para los sectores críticos, esa definición no es inocente. Implica considerar determinados espacios y recursos naturales —como los océanos, la biodiversidad marina o las rutas marítimas— como áreas sujetas a administración y monitoreo internacional, relativizando el control soberano de los Estados nacionales.

En ese marco, el Atlántico Sur aparece como uno de los territorios más codiciados del planeta. Allí convergen recursos pesqueros millonarios, reservas energéticas offshore, minerales estratégicos y una ubicación geopolítica central por la cercanía con la Antártida y las rutas bioceánicas. Además, la región está atravesada por la histórica disputa de soberanía con el Reino Unido por las Islas Malvinas.
La participación de la Cuarta Flota estadounidense vuelve todavía más sensible el acuerdo. Reactivada en 2008 para operar en América Latina y el Caribe, esa fuerza naval fue históricamente cuestionada por gobiernos y especialistas de la región, que la interpretan como una herramienta de proyección militar y control estratégico de Washington sobre áreas ricas en recursos naturales.
Para analistas vinculados a la defensa nacional, el convenio firmado por la administración Milei consolida un cambio profundo en la política exterior y militar argentina. Sostienen que ya no se trata solamente de cooperación diplomática o comercial con Estados Unidos, sino de habilitar presencia e injerencia operativa sobre un espacio estratégico bajo jurisdicción argentina.
Las críticas también apuntan a una aparente contradicción del discurso oficial. Mientras el Gobierno reivindica permanentemente la defensa de la soberanía nacional y cuestiona organismos multilaterales en distintos ámbitos, avanza simultáneamente en acuerdos que otorgan a una potencia extranjera capacidad de intervención y monitoreo sobre recursos considerados estratégicos para el país.
En sectores vinculados al pensamiento geopolítico nacional crece la preocupación por lo que definen como una “internacionalización silenciosa” del Atlántico Sur. El temor es que, bajo argumentos vinculados a la seguridad, la cooperación o la protección ambiental, la Argentina termine resignando capacidad de decisión sobre uno de sus principales activos estratégicos en un contexto global marcado por la disputa por alimentos, energía y recursos naturales.


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