

Alta Gracia: interna en ebullición y ambiciones disfrazadas de vocación
Jorge Conalbi Anzorena
(Alta Gracia; SN).- La política de Alta Gracia se parece cada vez más a una mesa de póker donde sobran jugadores, pero escasean las cartas ganadoras. La salida de Marcos Torres Lima hacia el Ministerio de Desarrollo Social no dejó un vacío: dejó una pista de baile. Y en esa pista, nadie quiere quedarse sentado cuando la música pare.
El dato del Censo 2022 funciona como ese comodín que altera todas las reglas: en 2027 habrá trece concejales. Cuatro sillas más. Cuatro tentaciones más. Y, sobre todo, muchas menos razones para acordar. Porque cuando el premio consuelo es atractivo, la épica de la unidad pierde brillo. ¿Para qué resignar si con un puñado de votos se puede entrar igual?
Así, la carrera por la intendencia empieza a parecerse a una vidriera donde no todos quieren vender el mismo producto. Algunos ofrecen liderazgo; otros, supervivencia. Y en ese escaparate, más de un “precandidato” no busca el sillón principal, sino una butaca acolchada en el Concejo.

En ese contexto, Jorge De Napoli aparece como el corredor que heredó la posta sin haber corrido la clasificación. Tiene imagen, tiene margen y tiene una oportunidad de oro. Pero también tiene un equipo que no eligió. Gobernar con funcionarios ajenos es como manejar un auto prestado: se puede avanzar, pero nadie se anima a pisar a fondo.
A su favor, juega una carta que en la política local no abunda: viene de la actividad privada, con lógica de producción más que de rosca. Es un hombre que entiende el pulso de la economía real, acostumbrado a negociar, a cerrar acuerdos y a moverse con naturalidad entre distintos sectores. Esa gimnasia le permite tender puentes donde otros levantan trincheras. Tiene diálogo aceitado con el empresariado, pero también capacidad de interlocución con el mundo político, algo que lo coloca en una posición singular en medio de una interna donde muchos hablan hacia adentro. Su desafío será traducir esa mirada productiva en gestión concreta sin quedar atrapado en la inercia de un equipo heredado.
Desde ese mismo equipo emergen los otros competidores. Mariano Agazzi carga con la experiencia, pero también con el desgaste de años en la trinchera. Hace siete meses que anunció su candidatura, pero su nombre todavía no logra despegar del murmullo. Como esos motores que rugen en el garaje, pero no arrancan en la calle.
Maximiliano Caminada, en cambio, juega en otra cancha: la del empresariado. Pero ese terreno, históricamente esquivo al peronismo y hoy parece más una arena movediza que un trampolín. Además, en ese mundo, De Napoli también se mueve con soltura, disputándole un electorado que ya no es cautivo de nadie.
Agustín Saieg es el último lanzado y encarna el riesgo puro. La seguridad es ese territorio donde los funcionarios entran limpios y salen tiznados. “Quien trabaja con hollín, se mancha”, dice el refrán. Y en política, pocas áreas manchan tanto como esa. Su candidatura puede ser audaz… o funcional a un objetivo más modesto.
Mientras tanto, los hermanos Torres Lima observan. No bendicen, no ordenan, no clausuran. Al contrario: estimulan. Como si el exceso de aspirantes fuera una virtud y no un síntoma. Las encuestas dirán. Aunque, en el fondo, ya hay una condición no escrita: la lealtad pesa tanto como los números.
Del otro lado, el peronismo no alineado intenta capitalizar las heridas. Juan Manuel Saieg recorre el escenario como quien busca sobrevivientes después de una batalla. Y Pablo Ortiz, con recorrido y algo de estructura, juega su propia partida.
Ortiz no es un improvisado ni un recién llegado a la mesa: conoce los pasillos, los códigos y los tiempos de la política local. Supo construir volumen propio cuando muchos dependían exclusivamente del paraguas del oficialismo, y esa musculatura le permitió sentarse a negociar, incluso en momentos donde otros apenas aspiraban a ser convidados de piedra. Su paso por Servicios Públicos dejó una marca de gestión que todavía puede rendirle dividendos simbólicos, especialmente en un electorado que valora más las soluciones concretas que los discursos.
Además, carga con un dato que lo empuja a jugar sin red: no tiene reelección posible en el Concejo. Eso lo obliga a apostar fuerte, a no especular con medias tintas. En un tablero donde muchos miden cada movimiento para no quedar afuera, Ortiz parece dispuesto a arriesgar fichas grandes. La incógnita es si ese capital acumulado le alcanza para transformarse en opción competitiva o si quedará, como tantos otros, orbitando en una negociación mayor.
Así, Alta Gracia avanza hacia una elección donde las candidaturas se multiplican como espejos enfrentados. Todos se reflejan en todos. Y en ese juego de reflejos, la pregunta no es quién quiere ser intendente, sino quién necesita no quedarse afuera.
Porque en esta historia, más que vocaciones, lo que sobran son cálculos.



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