

La pregunta equivocada

¿Quiénes son Claudio Barrelier, Hugo Bermúdez, Sebastián José Luis Wagner, Matías Gabriel Farías, Jorge Néstor Mangeri, Manuel Mansilla y Néstor Aguilar? Se levantaban, se vestían e iban a trabajar como cualquier otra persona. Quizás tomaban un colectivo urbano o interurbano. Quizás te los cruzabas en un comercio, en una oficina, en un semáforo o en el edificio donde vivías.
Barrelier trabajaba en el área de Tránsito de la Municipalidad de Córdoba, aun teniendo antecedentes por violencia de género. Wagner era empleado de un lavadero de autos y camiones, aun después de haber sido condenado por la violación de dos mujeres. Farías se desempeñaba como pintor en una cooperativa y, además, vendía estupefacientes. Mangeri fue encargado del edificio durante diez años. Mansilla era apenas un estudiante secundario. Aguilar estudiaba Arquitectura.
Todos ellos cometieron femicidios.

Son responsables de las muertes de Agostina Vega, Candela Sol Rodríguez, Micaela García, Lucía Pérez, Ángeles Rawson y Catalina Gutiérrez. No eran monstruos escondidos en una cueva. No eran seres excepcionales. Eran hombres que transitaban la misma sociedad que transitamos todos los días.
Estamos acostumbradas a escuchar chistes que no dan risa. Comentarios sobre nuestros cuerpos. Opiniones sobre cómo nos vestimos. Juicios sobre cómo manejamos, cómo hablamos o cómo hacemos nuestro trabajo. El machismo no está en el aire. Tiene nombre y apellido. Está en las personas con las que trabajamos, en quienes viajan a nuestro lado, en el vecino que saluda en el ascensor. Está entre nosotros.
¿Son enfermos? No. Son hijos sanos del patriarcado.
Del mismo patriarcado que nos puso a dieta cuando aumentamos de peso. Del que desvalorizó nuestras opiniones. Del que se rió de nuestra capacidad para conducir. Del que convirtió nuestras decisiones en motivo de escrutinio permanente.
Conocemos hasta el último detalle de la vida de Agostina, de Candela, de Micaela, de Lucía, de Ángeles y de Catalina. Sabemos dónde estuvieron, qué hicieron, qué dijeron, cómo se vestían. De ellos, en cambio, apenas recordamos algunos nombres.
Por eso las preguntas suelen ser otras. ¿Por qué la madre de Agostina la dejó salir a esa hora? ¿Por qué Catalina confió en quien terminó asesinándola? ¿Micaela estaba en lugares peligrosos por su militancia? ¿Lucía merecía lo que le pasó por consumir drogas? ¿Ángeles hizo algo para provocar a su asesino? ¿Catalina "histeriqueaba" a Néstor y por eso él creyó que podía ser algo más que un amigo?
Esas preguntas aparecen con más frecuencia que otras mucho más importantes. ¿Por qué un hombre cree que puede disponer del cuerpo de una mujer? ¿Por qué se siente con derecho a perseguirla, abusarla o matarla? ¿Cómo se construye alguien capaz de cometer un femicidio? ¿Qué señales ignoramos mientras observábamos cada movimiento de las víctimas? Porque los femicidas no caen del espacio. No aparecen de la nada. Se construyen.
Se construyen en los comentarios aparentemente inocentes. En los chistes que naturalizamos. En las bromas que minimizamos. En las ideas que justifican el control, los celos y la violencia. En cada ocasión en que se pone bajo sospecha la conducta de una mujer antes que la de quien la agrede.
Por eso el reclamo de Ni Una Menos nunca fue solamente dejar de contar muertas, aunque también sea eso. Es mucho más profundo. Queremos que dejen de matarnos. Pero para llegar a ese punto hay algo anterior: que dejen de sentirse con derecho a opinar sobre nuestras vidas, a controlarlas y a decidir por nosotras.
Que nos dejen vivir.



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