De ciudadanos a siervos, la política anti-age de cuatro multimillonarios que financiamos todos

Una vieja idea de eugenesia: convertir el miedo a la muerte y al envejecimiento en una distopia/fantasía que supone que no todos los humanos son iguales.
Opinión12 de julio de 2026 Por María Alicia Noero (*)
Eugenesia en Silicon Valey

Bryan Johnson gasta dos millones de dólares por año en un equipo médico dedicado exclusivamente a devolverle el cuerpo a sus dieciocho años. Larry Page, cofundador de Google, fundó una empresa –Calico- con un solo objetivo: entender el envejecimiento para revertirlo. Peter Thiel financia hace años investigación antienvejecimiento. Elon Musk desarrolla implantes cerebrales. No son casos aislados ni excentricidades de gente con demasiada plata: es un patrón. Y ese patrón tiene una explicación filosófica con nombre propio.

Siete palabras raras para un mismo miedo 

Dos investigadoras -una de ellas, una científica despedida de Google por denunciar los sesgos de la inteligencia artificial- le pusieron nombre a esa constelación de ideas: TESCREAL. Siete corrientes, cada una con su letra:

Transhumanismo: usar la tecnología para dejar de ser humanos tal como nos conocemos hoy. Vivir mucho más, con otro cuerpo, con otra mente.

Extropianismo: la versión más radical, la promesa de vencer el desgaste y la muerte misma, sin límite.

Singularitarismo: la creencia de que una máquina va a volverse más inteligente que cualquier humano, y que desde ese momento nada va a ser previsible.

Cosmismo: colonizar el espacio y, en su versión más extrema, resucitar tecnológicamente a los muertos.

Racionalismo: una comunidad que cree que calculando probabilidades con fórmulas se puede predecir el futuro mejor que con el sentido común.

Altruismo Eficaz: manejar la caridad como una inversión financiera, buscando siempre el mayor impacto por cada dólar.

Longtermismo: la pieza que junta todo. La idea de que lo que hagamos hoy vale, sobre todo, por su efecto sobre billones de personas que podrían existir dentro de miles de años y que evitar la extinción humana pesa más que resolver el hambre de la gente que está viva ahora.

Bajo el disfraz de filosofía seria, lo que hay es una respuesta a una sola pregunta muy humana: ¿qué hago con el miedo a envejecer y morir, si tengo el dinero para no resignarme? La respuesta que encontraron fue convertir ese miedo personal en un proyecto para “toda la humanidad”, donde casualmente los primeros beneficiarios son ellos mismos.

Del capitalismo al feudalismo, sin que nadie lo vote

Esta fantasía no flota en el aire. Se sostiene sobre una estructura económica muy concreta, y esa estructura cambió de forma en los últimos años. El economista Yanis Varoufakis le puso nombre a esa mutación: tecnofeudalismo. Su argumento es que los dos pilares del capitalismo clásico -el mercado y el beneficio por vender algo- fueron reemplazados por plataformas digitales que funcionan como feudos privados, y por la pura extracción de renta a quienes las usamos. Varoufakis llama a los usuarios “siervos de la nube”: gente que, sin cobrar un peso, genera con su actividad diaria los datos y la atención que sostienen el poder de esas empresas.

Cada vez que abrís una red social, le hacés una pregunta a una inteligencia artificial o usás cualquier app gratuita, estás trabajando gratis para alguien más. Ese trabajo invisible es lo que sostiene el valor en bolsa de esas empresas, y ese valor es lo que después sus dueños convierten en cápsulas antienvejecimiento, cohetes a Marte e implantes cerebrales. El ciudadano, sin saberlo, pasó a ser siervo de un feudo digital.

Y no es solo el usuario común el que paga. El Estado también pone lo suyo: contratos multimillonarios como los de la NASA con SpaceX, marcos regulatorios laxos, exenciones impositivas, infraestructura pública que las empresas privadas usan sin costo proporcional. Entre el usuario que regala su tiempo y el Estado que regala condiciones favorables, la cuenta la termina pagando todo el mundo, mientras las decisiones las toman cuatro personas con pánico a la propia muerte.

La palabra que no se dice en voz alta: eugenesia

Hay algo que casi nunca se explica cuando se habla de estas ideas, y es central. Hace cien años, se esterilizó por ley a miles de personas consideradas “inferiores” en nombre de “mejorar la especie humana”. Eso se llamó eugenesia, y fue una de las ideas que más horror justificó en el siglo XX.

Esa idea nunca murió del todo. Volvió con otro nombre y otro traje. La lógica es la misma: si el futuro de la humanidad vale tanto más que el presente, entonces hay que decidir qué vidas van a existir en ese futuro, y con qué características. Quién merece los recursos, la tecnología, el lugar en la nave que sale rumbo a Marte o en la simulación digital que promete vida eterna. La mayoría de la gente que hoy usa estas apps o lee sobre inteligencia artificial no tiene idea de que, filosóficamente, está a un paso de esa vieja pregunta: quién tiene derecho a existir y quién no. Se volvió a hacer necesaria, dicen ellos, para salvar a la humanidad. La pregunta es a qué humanidad, exactamente, se refieren.

Lo único certero: ni siquiera el clima se predice bien

Del pasado y del presente se puede producir conocimiento serio, con método, con datos, con evidencia verificable. Del futuro sabemos muy poco: ni siquiera el clima de la semana que viene se puede predecir con total certeza, y para eso existen supercomputadoras enteras dedicadas a esa única tarea. Pretender calcular con precisión matemática qué le conviene a la humanidad dentro de mil años no es ciencia: es fe con forma de ecuación, financiada por quienes más tienen para ganar si esa fe se vuelve política pública.

Y hay una última pregunta que nadie en Silicon Valley responde: la tasa de natalidad está cayendo en casi todo el mundo. Cada vez nacen menos personas. Entonces, ¿de quién hablamos exactamente cuando hablamos de “billones de vidas futuras”? ¿Van a ser seres humanos como nosotros, o alguna otra entidad -biológica, digital, ni siquiera viva en el sentido que hoy entendemos- la heredera de ese futuro que cuatro multimillonarios, financiados por todos nosotros, dicen estar cuidando?

Tal vez la pregunta más honesta no sea qué va a pasar dentro de mil años. Sea, más bien, quién decidió que tenía derecho a decidirlo por el resto y por qué se lo seguimos pagando, sin darnos cuenta, cada vez que abrimos el teléfono.

Ellos alucinando colonizar planetas. Nosotros, entre hipotecas y alquileres, tratando de sostener el único techo que tenemos en este. 

(*) Politóloga / Especialista en Gestión y Comunicación política -UCC

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
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Bender, E. M., Gebru, T., McMillan-Major, A. & Shmitchell, S. (2021). "On the Dangers of Stochastic Parrots: Can Language Models Be Too Big?" Proceedings of the 2021 ACM Conference on Fairness, Accountability, and Transparency (FAccT '21). Association for Computing Machinery.
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Gebru, T. & Torres, É. P. (2024). "The TESCREAL bundle: Eugenics and the promise of utopia through artificial general intelligence." First Monday, 29(4).
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Ord, T. (2020). The Precipice: Existential Risk and the Future of Humanity. Hachette Books.
Varoufakis, Y. (2024). Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo. Trad. Marta Valdivieso. Deusto / Traficantes de Sueños.
Vinge, V. (1993). "The Coming Technological Singularity."

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