Carne de burro: el menú de la Ley Bases

La derogación de la Ley Ovina y la flexibilización ambiental aceleran el fin de la era lanera. El derrumbe del sector deja un escenario crítico en la Patagonia, donde el "más rústico" de los animales asoma como una alternativa productiva ante la crisis económica y alimentaria.
Opinión15 de abril de 2026Salvadora OnrubiaSalvadora Onrubia
Burro patagonico

(SN) La postal clásica de la Patagonia argentina, esa inmensidad blanca salpicada por majadas de ovejas, está desapareciendo para dar paso a un paisaje mucho más hostil y silencioso. Lo que durante un siglo fue el motor económico y social del sur hoy es un territorio de tranqueras cerradas y suelos exhaustos. Según datos recientes de la Federación de Instituciones Agropecuarias de Santa Cruz (FIAS), el despoblamiento rural ha alcanzado un punto de no retorno: se estima que más de 600 establecimientos agropecuarios han sido abandonados en las provincias de Santa Cruz y Chubut. Este vacío demográfico no es solo una crisis de producción, sino un cambio sistémico donde la oveja pierde su trono frente a un combo letal de factores económicos, legislativos y ambientales.

El principal verdugo de la industria ovina no ha sido solo el clima, sino un mercado global que le dio la espalda a las fibras naturales. La hegemonía de las fibras sintéticas como el poliéster, derivadas del petróleo y producidas masivamente en Asia, desplomó la demanda de lana. Hoy, producir lana virgen es, para el pequeño productor, una actividad a pérdida; el precio internacional no cubre siquiera los costos básicos de la esquila y el flete. En los galpones del sur, miles de kilos de lana de alta calidad quedan acumulados por años, mientras la "Moda Rápida" global prefiere el plástico por su bajo costo, condenando al olvido a una de las materias primas más nobles del país.

Esta agonía económica se vio profundizada recientemente por el nuevo marco normativo nacional. La inclusión de la derogación de la Ley Ovina dentro de la Ley Bases marcó un punto de quiebre, al eliminar fondos específicos que permitían a los productores sostener la infraestructura mínima y mejorar sus majadas. Al quedar desamparados por el Estado, el retiro del poblador rural se aceleró, dejando millones de hectáreas a merced de la naturaleza desequilibrada. El INTA ha advertido que, sin gente en los campos, especies depredadoras como el puma y el zorro colorado han recuperado territorio de forma agresiva. Se estima que el 77% de los productores remanentes sufre pérdidas masivas por ataques de felinos, ya que la oveja domesticada ha perdido sus instintos de defensa, convirtiéndose en una presa fácil en una estepa que ya no tiene puesteros que la cuiden.

A este escenario de abandono se le suma una presión ambiental sin precedentes: la competencia por el suelo y el agua. La reforma de la Ley de Glaciares, también impulsada bajo la lógica de la Ley Bases, ha flexibilizado la protección en zonas periglaciares para habilitar proyectos mineros. Esto genera un conflicto directo por el recurso hídrico en una región que ya atraviesa un déficit hídrico crítico.

La megaminería en las zonas altas no solo amenaza las reservas de agua dulce que alimentan las cuencas bajas, sino que fragmenta el hábitat. Donde antes la oveja encontraba mallines y pasto tierno, hoy hay caminos mineros y polvo que degradan y compactan el suelo, volviéndose inviable para el ganado ovino, que es extremadamente selectivo y delicado con su alimentación.

Es en esta tierra arrasada, donde la oveja muere y la vaca no llega por falta de agua, donde el burro ha emergido como el sobreviviente definitivo. Históricamente relegado a ser un animal de carga, el burro ha demostrado ser el "tanque de guerra" de la estepa. Posee un sistema digestivo capaz de procesar arbustos duros y vegetación xerófila que otros animales rechazan, y tiene una ventaja táctica que la oveja no posee: es territorial y agresivo. El burro se enfrenta al puma, se defiende y protege su espacio, reduciendo la mortalidad por depredación casi a cero en los campos donde se lo ha introducido.

Esta resiliencia biológica ha comenzado a recorrer el camino hacia la mesa de los argentinos, aunque todavía bajo un estricto protocolo de ensayo. La noticia que sacudió la agenda productiva este año no fue una producción masiva, sino el éxito rotundo de una prueba piloto controlada por el Ministerio de la Producción en Chubut. Julio Cittadini, el productor detrás del proyecto "Burros Patagones" en la zona de Punta Tombo, confirmó en diálogo con SN que lo que comenzó como una respuesta ambiental ante el avance del desierto superó cualquier expectativa comercial: en la primera carnicería de Trelew que ofreció los cortes, el stock previsto para una semana se agotó en apenas un día y medio.

CARNE DE BURROCarne de burro: "En un día y medio no quedó un kilo", aseguró el productor Julio Cittadini

Actualmente, el proyecto se encuentra en una etapa experimental, gestionando los permisos definitivos para el faenamiento y la puesta al público general, mientras otros productores locales observan con expectativa la formación de una masa crítica de producción. Con cortes similares a los vacunos y un precio que ronda los $7.500 el kilo, el burro no busca desplazar a la vaca, sino llenar el vacío en una región donde el ganado bovino solo prospera en valles irrigados y el resto del territorio depende de carne extraída del norte con costos logísticos exorbitantes. Los primeros testeos no solo avalan su valor nutricional —una proteína magra y rica en hierro—, sino que confirman que la necesidad económica está empezando a vencer las barreras culturales del paladar nacional.

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