

Milei en Davos: teoría importada, recetas viejas y un culto a sí mismo
SN
(SN; con información de Página/12) En el Foro Económico Mundial de Davos, el presidente Javier Milei volvió a ofrecer lo que ya es su marca registrada en la escena internacional: un extenso monólogo ideológico disfrazado de cátedra económica, adornado con acusaciones grandilocuentes, exageraciones estadísticas y una defensa del “capitalismo de libre empresa” como si el planeta entero no estuviera atravesado –precisamente– por ese sistema desde hace décadas.
Fiel a su libreto, Milei calificó de “narcodictadura” al gobierno venezolano, se despachó contra “los parásitos mentales de izquierda” y ensayó una defensa solemne de la propiedad privada, como si estuviera revelando un principio revolucionario. De paso, pidió a “los Estados y los políticos que dejen de fastidiar” a quienes, según él, “están haciendo un mundo mejor”: los empresarios, convertidos una vez más en protagonistas de su salvación imaginaria.
Como si la política argentina necesitara más eslóganes ajenos, el Presidente decidió parafrasear a Donald Trump para vender optimismo. “Argentina tiene una economía eficiente dinámicamente que nos permite volver a crecer. Esto es Make Argentina Great Again”, lanzó, alineando su discurso con el del mandatario estadounidense, cuyos guiños busca replicar desde el inicio de su gestión.

Un auditorio disperso y una clase que nadie pidió
El discurso de Milei arrancó con una demora de una hora y cuarto. El motivo fue simple: mientras el presidente argentino esperaba, Donald Trump daba una conferencia paralela que capturó casi toda la atención. Cuando el público terminó de escuchar la enésima aventura del líder republicano, recién entonces algunos decidieron pasar por la sala donde hablaba Milei.
Frente a un auditorio que esperaba definiciones políticas concretas —tras haber escuchado a Trump—, el Presidente argentino optó por lo que mejor conoce: una larga exposición teórica cargada de citas mezcladas, referencias a la Escuela Austríaca de Economía y una colección de modelos abstractos que en Davos conocen desde hace medio siglo.
En un tramo casi caricaturesco, invitó a “volver a abrazar la filosofía griega, el Derecho Romano y los valores judeocristianos”, como si la receta para “salvar a Occidente” estuviera en un repaso de manual de primer año de historia.
Números mágicos y una epopeya imaginaria
Milei volvió a hablar de sus famosas “13.500 reformas estructurales”, repitió que logró bajar el déficit en 15 puntos del PBI, reducir la inflación del 300 al 30 por ciento y desplomar la pobreza del 57 al 27. Todos datos que su propia gestión no ha logrado respaldar con indicadores oficiales, pero que el Presidente presenta con una convicción casi religiosa.
Como si eso fuera poco, en el plano social sostuvo que su gobierno dejó de “regalar pescado” a los sectores vulnerables para “enseñarles a pescar”, y que incluso aspira a que “formen su propia empresa pesquera”. La metáfora, lejos de ilustrar sensibilidad social, expuso una desconexión profunda con la realidad de millones de argentinos que hoy atraviesan un escenario económico crítico.
Mercado perfecto, Estado villano
En los treinta minutos de exposición, Milei insistió en su cruzada contra el rol del Estado. Reiteró que “las fallas del mercado no existen”, que “los mercados son superiores y justos” y que cualquier regulación “mata el crecimiento y destruye la propiedad”. Como si los ciclos de crisis globales, las burbujas financieras y los rescates multimillonarios fueran un invento de sus adversarios políticos.
Desde ya, también hubo espacio para su versión remasterizada del viejo macartismo: denunció un “socialismo encantador que siempre termina horriblemente mal”, adjudicó al socialismo “150 millones de muertos” y volvió a señalar a Venezuela como símbolo del mal, pese a que incluso la Justicia estadounidense debió retractarse sobre los cargos narcos que en su momento difundió contra Nicolás Maduro tras su captura ilegal.
El mesianismo como cierre
Para finalizar, Milei afirmó que “el mundo ha comenzado a despertar” y que América, gracias al “renacer de las ideas de la libertad”, será “el faro de luz que vuelva a encender a todo Occidente”. Un cierre mesiánico, acorde al tono general del discurso: más cercano a un sermón militante que a una intervención de Estado en uno de los foros de debate económico más relevantes del mundo.
Mientras en Davos se discuten transformaciones profundas del orden global —protagonizadas principalmente por Estados Unidos—, Milei eligió reafirmar su propio credo ideológico y su alianza discursiva con Trump. Una apuesta que, más que proyectar liderazgo, expone los límites de un Presidente que parece más cómodo en la teoría que en la compleja realidad que enfrenta Argentina hoy.


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